Acabo de regresar de Sicilia, de un profundo baño en la historia, tradiciones y costumbres de nuestra Europa más profunda. Griegos, romanos, árabes, normandos, franceses, aragoneses……todo un magnifico exponente de las vigorosas tensiones que han forjado nuestra historia. Todo, fundamentalmente impregnado de la sustancia de Roma, la urbe, la ciudad… Roma, la capital del Imperio. Roma…, de donde todos venimos. Roma, el alma sin la cual nada seríamos. Roma, su latín, su espíritu, sus leyes… Roma, tan imponente, tan poderosa, como para dominar Grecia… y dejarse conquistar por el alma de Grecia. La Roma sagrada, y encima de ella la Roma cristiana, y encima la moderna, y encima la fracasada experiencia del futurismo de los 30… Roma, todas las Romas, toda la pasión de Roma. Eso y mucho más,  respiraba con sosiego en Sicilia.

Impregnado de este aire dominante, me encontré con la publicidad de la Casa Pound en Palermo. Con la apertura genial de una frase increíble: “Que los dioses olviden lo que he realizado. A aquellos a quienes amo, perdonen lo que he realizado”. La llamada de los modernos proyectos sociales que lideran las diferentes Casas Pound de Italia, me permitió recordar que Italia fue donde posiblemente el mayor poeta del siglo XX desarrollo su magna obra.

Ezra Loomis Pound: un norteamericano que fue intensamente europeo. Una larga y tortuosa andadura que supuso ser prerrafaelista, neorromántico, arcaizante, vorticista, dadaísta y fascista. En 1945 fue encerrado en una jaula al aire libre, al mejor estilo de Guantánamo, por más de seis meses, recluido después doce años en un manicomio, refugiado finalmente en Italia, donde murió. Con Pound se vertieron magistralmente los versos de Homero, Dante y Confucio.

La mayoría de expertos coinciden en que Los Cantos, o sus Cantares, es una obra equivalente al Ulises de J.Joyce por su trascendencia, como catalizador de la poesía del pasado siglo. Años atrás Pound había liderado el más vitalista imaginismo, y gracias a su labor promocional, dio a conocer autores como el propio James Joyce, T. S. Eliot y Ernest Hemingway, entre muchos otros. Pound desarrolló prodigiosos ensayos literarios, por ejemplo, El ABC de la lectura (1934), El arte de la poesía (1945) y Guía de la cultura (1952). Pound , como un nuevo prócer del renacimiento abarcaba todas las disciplinas, fue descubridor de partituras perdidas de Antonio Vivaldi y admirador de Confucio, cuya obra completa tradujo del chino al inglés, aunque de una forma tan personal, como hermosamente poética.  Ezra Pound, indudablemente, una de las mentes más brillantes del siglo XX.

Su gran problema, es que su mente artística no entendía de límites. No entendía de lo políticamente correcto, y atacó de forma fanática y denodada, cualquier forma de usura. Criticó sin cesar, y sin fisuras  a la Banca Internacional y a los banqueros de la época. Atacando duramente lo que él llama “la usocracia demo liberal”, afirma: “Es la tarea de esta generación hacer lo que no han hecho los primeros demócratas. El sistema corporativo, que concede al pueblo poderes en relación con su trabajo y vocación, le proporciona medios para protegerse eternamente contra las potestades del dinero”.

Pound señala que la usura afecta no sólo la vida económica de los hombres sino la manera de pintar un cuadro, de comprender una lectura, de escribir un libro. Para Pound resulta necesario poetizar la política. Poetizar el limo para acuñar la forma. Forjar el canto para que cada quien cumpla su papel y reine la “armonía”. Aun cuando ese poetizar,  ese responder por la belleza del ser,  se derrumbe en un personal ocaso de los Dioses y valga ser internado en un manicomio.

En Catania (Sicilia), donde he revivido con y por Pound, visite en maravillosa compañía el Castillo de Ursino. En una de sus salas, pase un largo rato contemplando uno de mis cuadros preferidos: las vísperas sicilianas del catanes Michele Rapisardi. Es un cuadro con mucha fuerza, y un episodio dramático, que puede vivificar los cambios que entraña la pasión. Y eso es lo que nos falta, a mí entender, en nuestros días. Mientras más contemplaba los implacables rostros de la pintura más pensaba en que nunca en toda la historia occidental se ha contemplado tanta rendición espiritual como la actual.

El enemigo, si es que logramos identificarlo podrá ser derrotado. Pero antes hay que vencer al enemigo interior, ése que habita dentro de todos los que alzan una mano blanca o guardan inútiles silencios cuando la sangre empapa las calles.

Ezra Pound se encerró en un terrible mutismo en los últimos 20 años, pero casi al final de sus días recibió la visita de un artista chileno. Pound sale de su mutismo para manifestarle: “¿Sabes por qué me mantengo en silencio? Para que nadie me induzca a decir algo contrario a lo que escribí o hice. Y porque los guerreros al final estamos solos y nadie, salvo el camarada, nos comprende. Y nadie está ya con nosotros, sino las sombras de los héroes muertos”.

Ya no estamos solos, ni hay guerreros, ni camaradas. Con más de tres horas de diaria televisión, no nos hacen falta para nada. Poco podemos ofrecer para oponernos al sedante reinado de un caos anestesiante. Posiblemente, frente a ese caos, solo podamos enfrentarnos recuperando al mito, y no un mito cualquiera, sino un mito que implique, por su propia esencia, un trabajo de construcción, reunión, jerarquización y armonización según las leyes misteriosas que ordenan el kósmos. Los antiguos, ilusos ellos,  imaginaban que los cimientos de sus templos se asentaban sobre la oquedad subterránea donde dormía, encadenado, el monstruo primigenio del Caos. Por eso, armados de honesta ilusión, de furiosa ilusión debiéramos erigir hoy un “nuevo Partenón” para refundar, sobre bases solidas y revitalizantes, no ya sólo el universo político, sino el propio universo, más decisivo, del espíritu y de la cultura.