La semana santa son muchas cosas. Para muchas personas son vacaciones, temporada de asueto y descanso. Para otros, sobre todo por connotaciones espirituales es tiempo de introspección. Una época propicia para reflexionar, para prodigarnos en nosotros, para pensar.
La prensa, y sobre todo las redes sociales, no suelen ser el espacio más propicio para cavilaciones complejas. El personal es más proclive a cabeceras de rápida lectura, a sentencias excluyentes, a absorber la opinión que te viene sutilmente empaquetada, frente al ilusionante esfuerzo de generar tu contrastada opinión. No hablo de verdades, hablo de opiniones.
Debo reconocer sin fisuras que lo acontecido con la joven Noelia Castillo me ha superado. He dejado pasar un tiempo cautelar antes de escribir, pero no logro liberarme de una genuina tristeza existencial. No se trata de dictamen, de juicio o de valoración, sino del desdén que me provoca una sociedad que se me antoja en este momento, profundamente enferma.
No puedo quitarme de la mente la que se organizó hace pocos años por el sacrificio del perro “Excalibur”, vinculado a un caso de Ébola. Manifestaciones en más de 24 ciudades españolas y el personal desgarrándose las vestiduras. Todo tiene su por qué, todo tiene su momento, pero debo reconocer que me cuesta recomponerme por la progresiva pérdida de perspectiva.
Noelia Castillo intentó matarse en 2021. Se arrojó de un quinto piso. Si hubiera logrado su objetivo, nadie habría oído jamás hablar de ella. No tendría nombre, ni cara, ni historia. Sería un dato más en la fría estadística de cerca de 4.000 personas que se suicidan en España cada año… y no pasa nada. La vida no es justa, eso ya lo sabemos, pero es desgarrador pensar que todas esas personas que un día deciden que ya no pueden más, a lo mejor hubieran podido, si hubieran percibido esperanza. Por no mencionar a las miles de personas desesperadas que año tras año lo intentan. Segunda causa de muerte externa en nuestro país.
La ventana de Overton, ese mecanismo por el que lo aceptable se va desplazando poco a poco hacia lo que antes era inaceptable, en su aplicación cotidiana resulta aterrador. Hemos pasado de concebir el aborto como una medida excepcional, sólo para justificados casos, a un derecho universal, a un sistema anticonceptivo más.
Todo se acelera, todo va más rápido. La “celebración” del sexto aniversario de aquel gran negocio del miedo que fue la pandemia demuestra que no ha servido para reconocer que nos utilizaron, nos encerraron y nos engañaron. Nos transformaron en gente «desorientada y asustada», incapaz de discriminar con serenidad, que aceptó las cosas más inconcebibles y estrambóticas. Cuando el miedo empantana nuestras aturdidas neuronas, se turban nuestros sentidos y se ofusca nuestro discernimiento. El terreno que tanto ansían los manipuladores sociales, ocultando con sus tretas los sucios manejos de una clase política que sólo nos ve como ovejas para trasquilar.
Me niego a aceptar que 15 minutos y tres fármacos sean la “única” solución que el Estado, que la sociedad, puedan proporcionarle a una joven con sufrimiento psíquico. Nos dijeron que la eutanasia sólo se aplicaría en situaciones de extrema gravedad cuando el dolor físico es inaguantable, cuando la enfermedad es incurable. Apenas unos casos aislados. Eso sí, todo es legal, todo ajustado a normativa, como si estuviéramos hablando de una multa de tráfico ¿De verdad piensan que Noelia tomó libremente esa decisión? Estaba atrapada en un laberinto de sufrimiento que le llevaba a sentir una vivencia de vacío y desesperanza. En esas condiciones es inevitable pensar que su juicio estaba comprometido. No puedo admitir sin más, que no había ninguna otra medida que aportase a aliviar ese sufrimiento. Los profesionales de la salud mental saben que mitigar el dolor psíquico contribuye a ver la misma realidad de otra manera. La fatalidad, forma parte de la vida, y en la de Noelia hubo mucha, sin duda ¡pero es que sólo tenía 25 años! No me gusta formar parte de una sociedad que considera legítima la decisión de Noelia sin que haga nada para protegerla.
De fondo late una concepción individualista del mundo. Por ello sorprende la indignación generalizada entre quienes promueven desde hace décadas el yo por encima de todo. El complejo derecho para decidir, que a lo mejor sustenta la coartada para que otros puedan manipularte. Esto genera que un adolescente pueda estar castrándose, u hormonándose a los dos meses de una primera consulta, porque en su posible inmadurez considera que ha nacido en el cuerpo equivocado. Defender la libertad como un bien absoluto, un fin en sí mismo, tiene su precio.
Con la eutanasia el Estado no es que tenga en sus manos la salud de sus ciudadanos, sino la propia vida. Con el nivel intelectual, con la catadura moral de nuestra actual clase política, ni por asomo me agrada la idea de que tengan potestad sobre la vida y la muerte…por muy “legal” que sea. No puedo dejar de percibirlo como el fracaso de una civilización enferma. Y no perdamos de vista a los países más “adelantados”, los más “progresistas” como Canadá u Holanda. Por ejemplo en este último país la eutanasia es legal desde 2002 y desde entonces no para de crecer hasta el punto en que el 6% de las muertes totales son ya por esta causa. Los casos por problemas de salud mental, incluyendo depresión o autismo, están a la orden del día. Hay mucho que pensar.
Noelia Castillo decidió. Pero a lo mejor lo hizo desde sus carencias: de acompañamiento institucional, de soporte médico adecuado, de auténtica protección cuando más lo necesitaba. Ahora ha sido Noelia. Mañana, ¿quién? La fuerza de los hechos determina que lo excepcional tiende a consolidarse. Lo que hoy se justifica como caso límite mañana encuentra nuevas fronteras. Lo verdaderamente lamentable es que casi todo acontece no porque la sociedad sea más compasiva, sino porque se acostumbra. Tendemos a normalizarlo todo.
Mucho que pensar. De veras, pura ventana de Overton: debate, legitimación, regulación y luego todo se asume sin apenas resistencia. La verdadera derrota no es que alguien quiera morir. El fracaso es no haber sido capaces de ofrecer razones suficientes para vivir, para continuar. Hoy son los casos extremos y mañana, la línea se presentará más difusa.
Lo irrebatible es que una vida se ha terminado y no deberíamos acostumbrarnos a ello, no deberíamos normalizarlo. Porque ahora sólo queda la tristeza y el desamparo. Y posiblemente también una certeza incómoda: la muerte como solución, aunque se vista de derecho o de legalidad, continúa siendo una derrota. La de una sociedad que, en vez de enfrentarse al dolor, lo expulsa eliminando a quien lo padece.
Lo dicho, mucho que pensar.
Luis Nantón Díaz
¿EUTANASIA O SUICIDIO ASISTIDO?
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SIEMPRE APRENDIENDO
Ante todo gracias por tu visita.
Te presento un recopilatorio de los artículos que semanalmente se publican en el CANARIAS 7, y que con auténtica finalidad terapéutica, me permiten soltar algo de lastre y compartir. En cierta medida, de eso se trata al escribir, de un sano impulso por compartir.
La experiencia es fruto directo de las vivencias que has englobado en tu vida, y mientras más dinámico, proactivo y decidido sea tu carácter, mayor es el número de percances, fracasos, éxitos… Los que están siempre en un sofá, suelen equivocarse muy poco…
Y, posiblemente eso sea la experiencia, el superar, o al menos intentarlo, infinidad de inconvenientes y obstáculos, procurando aprender al máximo de cada una de esas vivencias, por eso escribo, y me repito lo de siempre aprendiendo, siempre.
Me encantan los libros, desvelar sus secretos, y sobre todo vivificarlos. Es un verdadero reto alquímico. En su día, la novela de William Goldman “La Princesa Prometida” me desveló una de las primeras señales que han guiado mi camino. La vida es tremendamente injusta, absolutamente tendente al caos, pero es una experiencia única y verdaderamente hermosa. En esa dicotomía puede encontrarse ese óctuple noble sendero que determina la frase de aquel viejo samurái: “No importa la victoria, sino la pureza de la acción”.
Como un moderno y modesto samurái me veo ahora, en este siglo XXI… siempre aprendiendo. Los hombres de empresa, los hombres que intentamos sacar adelante los proyectos de inversión, la creación de empleo, los crecimientos sostenibles, imprimimos cierto carácter guerrero a una cuestión que es mucho más que números. Si además, te obstinas en combinar el sentido común, con principios, voluntad de superación y responsabilidad, ya es un lujo.
Si también logramos inferir carácter, lealtad y sobre todo principios a la actividad económica, es que esa guerra merece la pena. Posiblemente sea un justo combate.
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