Estamos pasando de la cultura de la cancelación a la estrategia de la agresión. Diariamente observamos cómo se fomenta la polarización más mezquina en beneficio de los adictos del poder. Posiblemente si Elon Musk no hubiera comprado tuíter (X), hoy la libertad de expresión en la UE estaría casi finiquitada. Una intolerancia liberticida, promovida por los que se consideran moralmente superiores, con un relato inconsistente pero repetido y amplificado hasta la saciedad. 

Las tornas están cambiando y parece que empieza a haber debate. Esto se le atraganta a más de uno y está provocando un “calentamiento global” pero del de verdad. Y pese a que se empecinan en el relato de la “extrema derecha”, los heridos y los muertos están en el otro lado de la barra.

Hace poco escribí sobre el asesinato de Charlie Kirk en EE. UU. Un joven de treinta y pocos años que propiciaba debates en las universidades americanas contrastando de tú a tú el campo de las ideas. Defendía con la fuerza de las palabras su pensamiento, su alternativa y algunos colectivos se enfurecían frente a su simple existencia. Por eso le pegaron un tiro. Lo verdaderamente terrorífico es la cantidad de energúmenos que justificaron el asesinato indicando que era de extrema derecha. Para los intolerantes, todo el que no traga con su discurso es facha, y si es facha, pues se ha buscado que le dispararan. ¡Vaya con la ecuación!

Esta misma semana los energúmenos encapuchados han paseado sus pancartas por varias ciudades francesas justificando el asesinato de otro joven a golpes, porque no le gustaban sus ideas. En la última década hemos presenciado diversos crímenes y mucha violencia, que han generado un creciente debate sobre la convivencia. Este último caso, de una larga lista, es el trágico asesinato de Quentin Deranque en la ciudad de Lyon. Quentin era un joven católico, defensor de las mujeres del Grupo Némesis a las que acompañaba en esa jornada fatal, fue asesinado por miembros de Francia Insumisa, un grupo comunista seguidores de Jean-Luc Mélenchon. Aunque resulta triste, parece que ya tienen su propio Charlie Kirk.

Los detalles específicos del caso están siendo investigados, pero dentro de la muchedumbre que lo mató a golpes, sin posibilidad de escapatoria, ya son varios los detenidos. Tras esto, siempre la misma canción; los agresores intentan convertirse en víctimas, en defensores de la sociedad, frente a ideas reprochables, las que no participan de su elevada doctrina. Los que promueven un sistema que cuando se aplica resulta desolador, generando hambre, vacío y deshumanización. Sistemas que son tan bonitos, que requieren alambradas, para que el personal no escape de su país de las maravillas. Su velo ideológico les encierra en su fanatismo contra la identidad española, europea, occidental, que representan tantos Quentines o Kirks. Todos están en la diana.

Occidente es un legado histórico que se ha cansado de sí mismo porque ha dejado de apreciar y defender sus creaciones. Unos políticos dependientes del poder y desconectados de la realidad han tomado las riendas de su destino. Las nuevas generaciones son incapaces de comprender, y menos de defender, el valor de los logros en los que viven inmersos. No son conscientes de la singularidad de la historia de la que forman parte y de la sociedad del bienestar que asumen que viene de serie. No lo comprenden, entre otras razones, porque se les ha laminado el cerebro con familias desnortadas y un sistema educativo que busca convertirlos en una masa manipulable y caprichosa. No puede ser de otra forma en el clima de la satisfacción inmediata que los ha empequeñecido a la condición de dóciles consumidores.   

La libertad de pensamiento y expresión, la igualdad entre ciudadanos o el derecho a participar en las decisiones de lo público se contemplan como verdades de alcance universal. El problema surge cuando promueves una sustitución demográfica con pueblos que provienen de tradiciones contrarias a los supuestos que para nosotros resultan indiscutibles. No todo vale y no es sólo un impacto cultural o social. Se extiende la pauperización económica, la degradación de los servicios y la deslocalización de la ciudadanía. Como resultado, se propagan el desencanto y la desilusión.  

A los liberticidas, a los amantes de la cultura de la cancelación y practicantes de la violencia no les agrada el debate, el intercambio de ideas. Nos venden un relato de libertad, que desentona con el triste tono gris de la sociedad que nos han impuesto. Si recorres las grandes capitales encontrarás los mismos rascacielos, las mismas tiendas, el Starbucks en la esquina y el McDonalds. Nos pretenden diversos cuando, en realidad, su proyecto va a acabar con toda la diversidad real. Si la multiculturalidad significa muchas culturas, es necesario que estas se mantengan distintas, enraizadas en su propio suelo, con una sana separación que no implique aislamiento ni enfrentamiento. Si lo que nos vende el globalismo es mentira, lo que nos llega en la práctica es aún peor: todas las culturas son la misma, todo debe ser igual, lineal, sin color, uniforme. Si resulta que esas culturas no son la misma, deben serlo a la fuerza.

Los progres y su Agenda 2030 contemplan el mundo desde la rejilla de su burka ideológico. Como nadie escarmienta en cabeza ajena, no nos está sirviendo de nada lo que está pasando en Europa. Los ejemplos de Suecia, Alemania, Inglaterra o Francia les traen sin cuidado, como el hecho de que hayan perdido el control de muchos barrios, en muchas ciudades. Núcleos, que dejan de ser Europa para convertirse en guetos mafiosos, o en teocracias tribales.

Continúan diciéndote que no es para tanto, que va todo bien, que la economía prospera, pero se te queda cara de tontolaba cada vez que sales del supermercado. Cuando compruebas la ingente cantidad de agravios, discriminaciones positivas y chorradas que te arrebatan las ganas de trabajar, de luchar, de prosperar. No se lo pongamos tan fácil a estos devotos del catecismo progre, dónde todo el mundo es bueno y la multiculturalidad es un regalo de la modernidad. Es un mundo de ensueño que no existe y que nos están vendiendo a precio de oro por fascículos. Por mí pueden quedarse con ese mundo que interpretan por el filtro de su burka ideológico.

Luis Nantón Díaz