Impactante la última conferencia del historiador Juan Manuel Zunzunegui, un hombre siempre didáctico, pero sobre todo sin pelos en la lengua. Una interesante disertación sobre la evolución de las sociedades modernas, y el despótico uso del odio y el rencor, para mantener separados a los ciudadanos. Arte practicado por todos los adictos al poder, por políticos demagogos e interesados, pero sobre todo por la “progresía caviar” que si no tiene víctimas, sencillamente las inventa.
Millones de personas coexistiendo y compartiendo el mismo espacio. Eso supone un enorme abanico de formas de pensar. Están los que son religiosos, los que son ateos, los progresistas, los conservadores, los que están a favor del aborto, familia sí, familia no, los que están en contra y así, hasta infinitas dicotomías enmarcando una compleja pluralidad. Pero lo que inicialmente es simple diversidad, puede convertirse en franco enfrentamiento, si dejas actuar a los políticos.
Sin políticos sería más sencillo respetarnos. Es una cuestión de educación y sentido común. Uno de los primeros engaños es cuando nos hablan de la patraña de la tolerancia. Esto es como que tengo que aguantarte, aunque piense que defiendes chorradas. Es como cuando tanto te insisten en que debes dar tu opinión, porque todas las opiniones son interesantes. El tema es que te sientas desfogado, aunque prácticamente somos absolutamente irrelevantes. Yo no pretendo tolerarte, yo quiero respetarte…
Ahora se ha puesto de moda lo de “estar en el lado correcto de la historia”. Lo más tremebundo es cuando esto lo sentencia alguien cuya experiencia, capacidad y formación, podría despertar una condescendiente sonrisa. La arrogancia de algunos solo es pareja a su temeraria ignorancia. Pues a mí no me disgusta estar en el “basurero de la historia”, donde estamos a los que nos agrada tener sentido crítico, intentar conocer el por qué de las cosas y, sobre todo, dudar de los que nos vienen a salvar, de los que nos redimen, de los que repitiendo los mantras de siempre no aportan nada.
De siempre las sociedades se han sustentado en macrorelatos, como brillantemente expone el amigo Zunzunegui. Estos macrorelatos nos han mantenido unidos a lo largo de la historia, pese a que algunos insistan, de forma torticera, en indicarte todo lo contrario. El sentir espiritual, las creencias religiosas han sumado, mucho más que lo contrario. Han aportado identidad comunitaria durante siglos. Lo mismo ocurre con el concepto de nación. Para disolver estos macrorelatos, los políticos profesionales generan y desarrollan una infinidad de microrrelatos, encaminados a estimular las diferencias, las individualidades, la atomización. Después, poco a poco inoculan el veneno de que todos estamos contra todos, de que nadie nos comprende, de que somos víctimas, de que estamos permanentemente ofendidos.
Los manipuladores heredan la estrategia marxista del conflicto. Pero lo hacen de forma malévola. Claro que el conflicto es un motor para el progreso, dado que te impulsa a superar barreras y mejorar. Lo malo es cuando el político se encarga de fomentar el conflicto, de azuzarlo, generando una permanente sensación de que eres un damnificado. Estos profesionales del enfrentamiento no buscan soluciones, solo pretenden generar luchas y enfrentamientos para que ellos y sus partidos puedan perpetuarse en la poltrona.
Los manipuladores nos quieren solos, segregados, propiciando barreras y diferencias. Les interesan individuos aislados, frágiles y solitarios para convencernos de que somos víctimas de un montón de invisibles estructuras de explotación, que veas en los otros ciudadanos a un enemigo, un peligro. Pero tranquilo, no pienses, evádete con la última serie de NETFLIX y continúa “viajando” por las siderales redes sociales. Pero sobre todo no pienses.
Por eso nos inoculan sus relatos. Este último, en versión patria, para aplaudir una regularización masiva de inmigrantes a los que nadie ha llamado, que van a desestabilizar multitud de servicios a corto plazo. Esto no va de mercado de trabajo, esto es ingeniería social. Esto no va de producto interior bruto, esto es larvar el conflicto social que ya sufre Europa. Y solo es el comienzo. La nueva paz social durará tanto como sigan aumentando los impuestos y se les permita emitir deuda. Llegado el momento en el que las clases medias ya no puedan soportar más la presión fiscal y en el momento en el que la capacidad de endeudamiento haya llegado al límite, deberán restringirse los subsidios, generando una situación definitivamente explosiva.
Nos han arrebatado el macrorelato por sus cuentos. Hemos perdido la memoria. No lo dudes, tenlo claro, el pasado no es parte de lo que somos: es lo que somos. No es que los pueblos que olvidan su historia estén condenados a repetirla, es que ni siquiera llegan a pueblos, no hay identidad, carecen de espíritu colectivo. Pero en Occidente, sin embargo, no ha sido el paso del tiempo quien nos ha arruinado sino un intencional y lento emponzoñamiento. Durante décadas se ha instruido para despreciar lo heredado, a mirar el pasado con recelo e incluso con culpa, a sospechar de cualquier señal que nos aporte continuidad. La tradición se ha convertido en una carga, la historia en una lista de culpas y la identidad en algo a la que ponerle “cinturones sanitarios”.
Ya no les basta con crear relatos para fomentar el enfrentamiento, para “propiciar” ofendidos, para beneficiarios de derechos infinitos que nadie sabe cómo se originan y sostienen. Tienen prisa y deben transformar aceleradamente la sociedad. Tras el planetario experimento de la pandemia, hace seis años, el globalismo más feroz ha avanzado vertiginosamente. El motor del miedo es realmente invencible. Por eso, a lo mejor, seguimos narcotizados. Diariamente llegan a nuestro país personas con lealtades, referencias y costumbres totalmente ajenas a nuestro sistema de valores. No hay integración posible porque nosotros despreciamos nuestra memoria, nuestro macro relato. Solo nos quedaran grupos que producimos y consumimos en el mismo espacio sin compartir una común voluntad. Vecindarios, ciudades, países en los que se convive, pero no necesariamente se pertenece. Y esa creciente realidad, posiblemente no sea lo que nos están vendiendo.
Imaginemos, solo imaginemos, si en un momento dado, en un solo movimiento, entraran por nuestras fronteras, en interminable columna, los doce millones de inmigrantes de primera y segunda generación que tenemos en España. Seguro que nos quedaríamos asombrados, realmente boquiabiertos. Pero ha sido todo más silencioso, de forma soterrada. Primero nos dijeron que no era un problema, después que habría integración, también que pagarían nuestras pensiones, ahora estamos con las bondades de la multiculturalidad. Lo cierto es que me parece una necesaria reflexión plantearse si una comunidad puede desaparecer sin que nadie la destruya directamente, que basta con que deje de recordarse a sí misma, que la ocupen otros que traen su propia historia, su memoria particular y lejana, muy ajena a lo que era nuestra tierra. Natural, como la vida misma…
Luis Nantón Díaz
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SIEMPRE APRENDIENDO
Ante todo gracias por tu visita.
Te presento un recopilatorio de los artículos que semanalmente se publican en el CANARIAS 7, y que con auténtica finalidad terapéutica, me permiten soltar algo de lastre y compartir. En cierta medida, de eso se trata al escribir, de un sano impulso por compartir.
La experiencia es fruto directo de las vivencias que has englobado en tu vida, y mientras más dinámico, proactivo y decidido sea tu carácter, mayor es el número de percances, fracasos, éxitos… Los que están siempre en un sofá, suelen equivocarse muy poco…
Y, posiblemente eso sea la experiencia, el superar, o al menos intentarlo, infinidad de inconvenientes y obstáculos, procurando aprender al máximo de cada una de esas vivencias, por eso escribo, y me repito lo de siempre aprendiendo, siempre.
Me encantan los libros, desvelar sus secretos, y sobre todo vivificarlos. Es un verdadero reto alquímico. En su día, la novela de William Goldman “La Princesa Prometida” me desveló una de las primeras señales que han guiado mi camino. La vida es tremendamente injusta, absolutamente tendente al caos, pero es una experiencia única y verdaderamente hermosa. En esa dicotomía puede encontrarse ese óctuple noble sendero que determina la frase de aquel viejo samurái: “No importa la victoria, sino la pureza de la acción”.
Como un moderno y modesto samurái me veo ahora, en este siglo XXI… siempre aprendiendo. Los hombres de empresa, los hombres que intentamos sacar adelante los proyectos de inversión, la creación de empleo, los crecimientos sostenibles, imprimimos cierto carácter guerrero a una cuestión que es mucho más que números. Si además, te obstinas en combinar el sentido común, con principios, voluntad de superación y responsabilidad, ya es un lujo.
Si también logramos inferir carácter, lealtad y sobre todo principios a la actividad económica, es que esa guerra merece la pena. Posiblemente sea un justo combate.
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