Así tituló mi hermano Alejandro su mensaje de despedida para el mundo de las redes sociales. No hay épica en este abandono, sólo higiene mental. Indudablemente, más que una partida del mundo virtual, hablamos de un reencuentro con la realidad, sobre todo de la plenitud que puede aportar estar con uno mismo. Epicteto decía —y el mundo moderno lo confirma con crueldad— que la libertad real empieza en la soberanía sobre lo que depende de ti. Y lo primero que depende de ti es dónde pones tu atención porque no es un recurso más sino el lugar dónde decides quién eres.

Encontrar el propósito que necesitamos para crear una vida con sentido, no es algo que surja de la noche a la mañana sin más, como si de una revelación divina se tratara. Es necesario un profundo proceso de autoconocimiento para otorgar de sentido a nuestra vida. Merece la pena conocerse para poder elegir libremente y así tener la oportunidad de alcanzar nuestras metas vitales.

El mundo virtual, a golpe de click, tampoco nos satura de forma repentina sino que lo hace lentamente, por rebosamiento. Es la normalización de lo intolerable con sus inseparables acompañantes: el cinismo, la mentira y la degradación. Hay sistemas cuya arquitectura es incompatible con la integridad humana. Cuando lo sabes, seguir dentro, se convierte en colaborar con el daño. Mi hermano es analista de ciberseguridad y cuenta que los sistemas no colapsan por un fallo aislado, sino por la acumulación de riesgos ignorados y por la costumbre de vivir con ellos. El mundo digital de hoy se parece mucho a eso. Es una infraestructura que compite por lo más valioso que tienes: tu atención, tu juicio y tu paz interior.

El ecosistema digital moderno premia la reacción, la consigna y el conflicto; llega un punto en que el ruido es tan ensordecedor que tu serenidad deja de ser ingenuidad para convertirse en resistencia. Cuando el algoritmo no discrimina la ideología sino la métrica, el ruido pasa a ser la magnitud más valiosa aunque venga de una minoría. El resultado es un mecanismo perfecto para producir autocensura, para que empleemos un lenguaje distinto cuando nos expresamos en las redes. Eso supone una derrota íntima que socava la confianza en nuestro propio juicio.

Como ya saben, estos artículos semanales tienen para mí una finalidad terapéutica. Me ayudan a afrontar las desquiciantes situaciones que protagonizan nuestros adictos al poder. Al mismo tiempo me permite homenajear a gente que lo merece y difundir experiencias valiosas que conozco de primera mano. Utilizo las redes para darles eco: cada uno ayuda y se ayuda como puede. Cuando se pierde el último refugio, te quedas solo ante el peligro y es ahí donde se evalúa el temple y el coraje. Aquellos que recibieron con ilusión la llegada de las redes entendiéndola como un espacio para el debate y el rigor acaban dándose de bruces contra la implacable realidad. Los incentivos perversos limitan el discurso a lo que funciona, a aquello que va a generar automatización. Las fórmulas de éxito replican contenidos sin alma y postureos porque generan interacción. Poco a poco la autenticidad deja de ser valiosa para convertirse en inconveniente.

El pensamiento único y excluyente nos hace perder autonomía porque es en el intercambio de ideas dónde se respira la libertad. Nos hace gracia cuando se habla de ‘comités de expertos’ como si fuera el espíritu santo y sus dictámenes fueran irrevocables. En eso se ha convertido la ciencia, en aseveraciones interesadas sustentadas por mentiras repetidas hasta la saciedad y que evitan la natural confrontación de la divergencia y la experimentación. Defender el derecho a discutir ideas incómodas — Agenda 2030, inmigración, vivienda, clima, identidad, o lo que sea— no significa que te posiciones en un bando. Es defender el método que ha caracterizado a la civilización occidental y que permite corregir errores sin rompernos como sociedad.

En definitiva, esta reflexión es una invitación para alinear la autenticidad, la coherencia, la libertad y la consciencia sobre nosotros mismos. Una convocatoria para generar valor y riqueza a nuestro alrededor. Cuando le damos un sentido y un propósito a aquello que hacemos, lo convertimos en un acto de generosidad hacia nosotros mismos, hacia nuestro entorno más cercano y hacia las personas que queremos y respetamos.

Somos muchos a los que nos preocupa, o ilusiona lo cotidiano. Personas que no merecen perder su tiempo leyendo deformantes consignas totalitarias en formato de 280 caracteres. Alejémonos de las verdades narradas desde la comodidad del ‘trending topic’ o desde la ocurrencia de un tuitero necesitado de amor y ‘likes’. Hemos de buscar retos e inspiración en el personal menos expuesto a la sobreinformación, que es ya síntoma de deterioro y fuente de absoluta sumisión. Basta ya de callar y bajar los brazos, basta ya de que quien calla otorga y empuñemos argumentos, que son muchos y rotundos. En la España anestesiada, ni el silencio es auténtico, porque hay indignación, pero no tenemos arranque, ¡Por ahora!

Me gustaría terminar con una cita del mensaje de Alejandro «Cuando el mundo digital termine de consumirse, no me encontrará frente a una pantalla. Me encontrará en el porche, en la montaña, rodeado de naturaleza y con una botella de vino del Priorat abierta. No para celebrar el colapso, sino para recordar lo esencial: que lo auténtico existe, aunque no sea tendencia».

No sé si tendré el temple para afrontar un cambio de ciclo pero les aseguro que en ese momento tendré muy presentes estas palabras.

Luis Nantón Díaz