No hay mejor calificativo que demencial, para la estrategia de sustitución que está implantando, a golpe de decreto, el gobierno de España. Lo peor es que “pisan el acelerador”, en un alocado despropósito que nos conduce a la ruina y al desorden. Para justificar tamaña brutalidad aportan relatos ideologizados, absurdas patrañas desconectadas de la realidad, o casposos discursos que no superan el más mínimo debate.

Su Sanchidad, al igual que siempre, trastoca un asunto extremadamente delicado y lo convierte en moneda de cambio para sus triquiñuelas políticas. Los anteriores procesos de legalización fueron gestionados por el bipartidismo, por los de siempre. Todas se aprobaron en el Congreso, con unas condiciones, con unos límites y una coyuntura que ahora no existen. Teníamos una estrategia laboral y, sobre todo, alguna posibilidad de integración. Ahora no.  Regularizar a personas que acceden ilegalmente al país, no es gestionar la inmigración masiva, es sencillamente aumentar el problema.

¿Alguien se ha detenido a evaluar cómo impactará en la educación o sanidad públicas este exponencial crecimiento de usuarios? ¿Alguien ha cogido la calculadora para ver si es un coste asumible? ¿Alguien sabe sumar en esta tropa? ¿Cuál es la estrategia para incorporar al mundo del trabajo a personas que, por muy regularizadas que estén, quizá no tengan recursos para vivir aceptablemente y se consoliden en usuarios de servicios asistenciales ya casi colapsados?

Sólo tenemos que salir a cualquiera de nuestras calles para percatarnos de cómo han alterado nuestro mundo. Sí, nuestro mundo. El que forjaron nuestros padres, con sus luces y sus sombras, con sus costumbres y tradiciones. Lo están transformando, lo están depauperando a golpe de martillo, con torbellinos de personas de difícil o nula integración. Lo están remodelando por culturas excluyentes que, como demuestra la realidad europea, quieren imponer sus prácticas, hábitos y religión. 

La población extranjera en nuestra nación se ha duplicado gracias a la política de “puertas abiertas” de su Sanchidad. Entre esta puerta coladero, y las “puertas giratorias” de la oligarquía de Ferraz, tenemos un panorama inquietante. La sustitución poblacional en España es una realidad basada en datos, no en teorías. Un reciente análisis demográfico publicado por White Papers revela una transformación sin precedentes en la composición poblacional de España durante casi una década. En solo dos años la inmigración superó 1.268.000 personas, suponiendo el principal vector del aumento poblacional. En resumen, la cifra de personas nacidas en el extranjero residentes en el país ha experimentado un crecimiento masivo, superando ya los 9,46 millones.

¡Pero así es el Gran Timonel! Que sólo le importan las elecciones. Que es un patán cortoplacista que sólo pretende continuar un año más en la poltrona. Ansían mano de obra deslocalizada y barata, aunque sea de bajo nivel profesional. Todo eso no te lo compro, pero te comprendo. ¡Eres así!. Pero tú y tus palmeros, no pueden hacernos comulgar con ruedas de molino, hablándonos de las maravillas de las sociedades multiétnicas. Ninguno de ustedes, progres globalistas que viven en sus burbujas, se cree las chorradas que nos recetan a todos los demás.

Las élites gobernantes y sus cortoplacistas partidos nos venden la multiculturalidad como algo beneficioso, cuando conocemos la experiencia histórica en Europa y las realidades económicas a las que nos enfrentamos diariamente. La teoría de la gran sustitución o gran reemplazo es una estrategia de ingeniería social cuyo objetivo es provocar un cambio poblacional que deshaga las sociedades europeas y las sustituya por otro constructo, por otra cosa diferente. Una planificación  al servicio de un poder que nos quiere neutros, vacíos, para dominarnos más fácilmente. 

Todos los que defienden esta locura demencial, lo hacen porque se están quedando sin clientela. Los políticos progres porque han aburrido a media secta, los sindicatos porque ya no tienen afiliados, la conferencia episcopal, porque no se come un rosco. El paisaje de las ciudades está cambiando: las calles están repletas de individuos que no está claro en qué trabajan, ni a qué se dedican. No son marginados: se automarginan, entre otras cosas porque están presentes en número suficiente como para constituir redes de apoyo propio. No necesitan integrarse, porque ya están “integrados” en su propia red que reproduce comportamientos culturales, usos y costumbres de otras latitudes. Las latitudes que abandonaron y ahora replican.

Hasta Irene Montero lo ha dejado muy claro: necesitan votantes. Como los actuales no somos capaces de agradecer sus desvelos por el proletariado, hay que sustituir el censo electoral, por personas agradecidas. El hecho de que tengan un perfil poco feminista y ecoresiliente no les preocupa, siempre y cuando sirvan para sustituir a irredentos votantes fascistas.

¿Todavía albergas dudas con lo que ves día tras día? Las multinacionales promueven la entrada de mano de obra que permita abaratar los salarios y multiplicar beneficios. Los políticos están obsesionados con disolver cualquier carácter nacional para avanzar en los procesos de integración transnacional. Al mismo tiempo, una poderosa cultura del ocio cercena la educación de calidad, y narcotiza cualquier natural reacción. 

¿Estamos locos?. Son procesos que cada día están más engrasados. Con la biblia del cambio climático o la manipulación de la pandemia los adictos al poder se superan: los intereses económicos de unos coinciden con los intereses políticos e ideológicos de otros. Por eso insisten en inocularnos miedo, en construir relatos y en hacer creer a la gente que nos hallamos ante desafíos globales que es urgente afrontar. 

Esto es lo que aporta el globalismo. Una colosal constelación de intereses desplegada con una intensidad narrativa gigantesca. Un relato que cada día es más evidente en sus mentiras, en sus intereses y en su demencia.

Luis Nantón Díaz