Hoy me dirijo a ustedes con el corazón lleno de júbilo para rendir homenaje a un gran amigo que cumple 70 años. Con esa edad está garantizado el caudal de experiencia y en su caso además una trayectoria llena de obstáculos que ha sabido superar. Siete décadas es una buena ocasión para celebrar y brindar por el innegable regalo que supone estar en el sendero de un hombre como Ramón Parra. Ya saben ustedes que me gusta escribir sobre los amigos y que para mí la amistad es una roca sobre la que se apoyan el resto de mis valores. Escribo sobre las personas que han aportado solidez a mi camino y es una experiencia poder gritárselo en vida, poder constatarlo con la fuerza de los hechos un año más.
La emblemática figura de Ramón abarca un gran profesional, un ser abnegado, amigo leal y persona de firmes principios. Tiene una maravillosa capacidad para ponerse en el lugar del otro y acercarse a los que le rodean de una forma comprensiva y sincera. Su mayor reconocimiento procede del mundo de las artes marciales, donde ostenta un merecido prestigio y el respeto del resto de los artistas marciales, como a ellos les gusta llamarse. Es un hombre paciente pero enérgico.
Su bagaje deportivo es impresionante: séptimo DAN de Judo, séptimo DAN de Jiu-Jitsu, sexto DAN de Defensa Personal, Técnico Superior de Judo, Defensa Personal y Jiu-Jitsu. Ha sido el responsable de área en diversas instituciones federativas y aunque podría seguir enumerando sus logros a lo largo del artículo sólo conseguiría ruborizar a un amigo que es sobre todo, humilde.
Conocí a Ramón durante su prolífico y brillante papel en el CN Metropole, dónde insistía con dedicación en forjar el carácter de los más jóvenes. No se trataba sólo de enseñar una práctica deportiva sino de aportar valores que luego sirvieran a sus alumnos a la hora de enfrentarse con la vida. Ramón entiende el honor como un valor ético fundamental y como un resorte de la grandeza humana. El honor nos invita a tomarnos la vida con sentido heroico, con alegría y fortaleza, con valor y espíritu resuelto, con humildad, ánimo combativo y gozo en el esfuerzo; en definitiva con sentido de la trascendencia.
Ramón es también el orgulloso autor de “Mis sentires y sentimientos ante la Vida” en el que con palabras sencillas nos traslada enormes pensamientos, gigantescas reflexiones. Recupera ideales clásicos y guerreros defendiendo la necesidad de una vida guiada por el honor, el deber, el sacrificio y la lealtad a principios superiores. Sus páginas invitan al lector a atemperar el ánimo, a dominar las pasiones y a vivir con coherencia, dignidad y sentido trascendente. El honor entendido, no como el prestigio externo, sino como la fidelidad a uno mismo y a valores eternos. “La vida hay que vivirla y no pasearla, pues si la vives y la sientes, te haces mejor persona, evolucionando, comprendiendo y ayudando a los demás. En cambio, si sólo la paseas, es como si ni sintieras, ni padecieras, solo piensas en ti. Y no ves las necesidades de los demás. ¡Vive la vida! ¡No la pasees!”.
Ramón Parra nos muestra la importancia de vivificar los momentos, con serenidad. Si convertimos la serenidad en el eje de nuestra existencia cotidiana conseguiremos una vida más humana y eso nos permitirá encontrarnos a nosotros mismos y convivir en paz y armonía con nuestros semejantes.
No puedo por menos de hacer una referencia a otro gran libro de artes marciales, el que escribió el maestro Chozan Shissai en el siglo XVIII y que se convirtió en un referente de la filosofía del bujutsu y del arte de la esgrima. En su “Discurso sobre las artes marciales” afirma que el arte consiste en intentar hacer algo de manera perfecta y que cualquier actividad humana, para ser perfecta requiere constante esfuerzo. La esencia de las artes marciales consiste en “la maravillosa sencillez del corazón en la propia revelación”. Según el maestro nipón obedecer las leyes divinas del corazón, suponía la norma suprema de ese arte. Si se fijan, es la versión japonesa de nuestra premisa latina ”a lo augusto por lo angosto”.
La principal finalidad de las artes marciales es que el individuo aprenda a superarse a sí mismo. Vencer sin fisuras todo lo que en su experiencia vital se opone al orden cósmico, a la unidad y a la armonía, a la acción de la razón celestial o principio universal. El camino recorrido por el Maestro Parra es como su obra literaria. Son pensamientos profundos, con rigor filosófico expresados en un lenguaje sencillo, bello y poético, que habla tanto a nuestra inteligencia como a nuestro corazón. Esta obra va dirigida a lo más íntimo de cada persona, pues trata de algo que a todos nos afecta de forma muy directa y en la que nos jugamos el ser o no ser.
Ramón es un hombre de acción y sus palabras están respaldadas por la solidez de los hechos. Es un hombre de principios para el que no todo vale, y se esfuerza mucho en irradiar esa forma de actuar a todos los que tenemos la inmensa fortuna de estar en su camino. A mí me recuerda a ese viejo samurai que en el transcurso de la sublevación de la “Liga del Viento Divino” sentencia el debate con esta afirmación, “No importa la victoria sino la pureza de la acción”.
Ramón Parra, el Maestro Parra es un hombre recto y un hombre bueno. Ha sido y es un ejemplo para muchos jóvenes que tuvieron la suerte de tenerlo como maestro y es un regalo para todos aquellos que disfrutamos de su amistad.
Felicidades Sensei.
Luis Nantón Díaz
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SIEMPRE APRENDIENDO
Ante todo gracias por tu visita.
Te presento un recopilatorio de los artículos que semanalmente se publican en el CANARIAS 7, y que con auténtica finalidad terapéutica, me permiten soltar algo de lastre y compartir. En cierta medida, de eso se trata al escribir, de un sano impulso por compartir.
La experiencia es fruto directo de las vivencias que has englobado en tu vida, y mientras más dinámico, proactivo y decidido sea tu carácter, mayor es el número de percances, fracasos, éxitos… Los que están siempre en un sofá, suelen equivocarse muy poco…
Y, posiblemente eso sea la experiencia, el superar, o al menos intentarlo, infinidad de inconvenientes y obstáculos, procurando aprender al máximo de cada una de esas vivencias, por eso escribo, y me repito lo de siempre aprendiendo, siempre.
Me encantan los libros, desvelar sus secretos, y sobre todo vivificarlos. Es un verdadero reto alquímico. En su día, la novela de William Goldman “La Princesa Prometida” me desveló una de las primeras señales que han guiado mi camino. La vida es tremendamente injusta, absolutamente tendente al caos, pero es una experiencia única y verdaderamente hermosa. En esa dicotomía puede encontrarse ese óctuple noble sendero que determina la frase de aquel viejo samurái: “No importa la victoria, sino la pureza de la acción”.
Como un moderno y modesto samurái me veo ahora, en este siglo XXI… siempre aprendiendo. Los hombres de empresa, los hombres que intentamos sacar adelante los proyectos de inversión, la creación de empleo, los crecimientos sostenibles, imprimimos cierto carácter guerrero a una cuestión que es mucho más que números. Si además, te obstinas en combinar el sentido común, con principios, voluntad de superación y responsabilidad, ya es un lujo.
Si también logramos inferir carácter, lealtad y sobre todo principios a la actividad económica, es que esa guerra merece la pena. Posiblemente sea un justo combate.
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