La política moderna se rige por las leyes del mercado. Su herramienta es el marketing. Y como ocurre en esta feria en la que se ha transformado la sociedad, sufrimos una infantilización de consumidores y votantes. La publicidad juega con los sentidos, con lo emotivo, así que programas, idearios o estrategias se disuelven ante una imagen impactante, ante un sorprendente meme, o una frase agresiva, dentro de un inconsistente discurso. Prima lo que te deslumbra, se focaliza en fuegos artificiales, mientras te olvidas de la realidad que inmisericorde te atrapa y rodea.
En este “mercadeo político” se mueve muchísimo mejor lo que todavía denominamos izquierda, que el ala conservadora. Los pijoprogres controlan, adornan y dominan el relato de una forma magistral. No es que sean más listos, es que tienen mayor desvergüenza y “riegan” adecuadamente a los medios. Yolanda Díaz arengaba a las masas a rebelarse contra el gobierno siendo vicepresidenta de ese mismo gobierno; hay que tener poca vergüenza. Los gerifaltes de los dos sindicatos come-gambas, se manifiestan contra la oposición después de 8 años sin mover un dedo ¡contra la oposición! Un desgobierno que no ha hecho absolutamente nada para construir viviendas, o para mejorar el mercado de inmuebles de alquiler, ahora va a resolver lo que no le ha importado nada. Y ni se sonrojan levemente.
Hay otro factor, ya casi de cariz antropológico. Es esa supuesta y burda superioridad moral de la izquierda. Si eres progre eres buena persona, esa es la ecuación. Si te preocupas por las cosas “chachis”, aunque solo sea de boquilla, eres un tipo estupendo. Los que no han tenido suerte de beber del manantial de la sabiduría zurda son pobres inadaptados, zafios irredentos, o aún peor, son fachas. Por eso, estos tipos se creen en posesión de la verdad absoluta, y son poco amigos del debate y la controversia. Prefieren las catequesis y los actos de fe canceladores.
Este juego de los abalorios en que han degradado la política intenta convencerte de que aunque vivas peor, todo va mejor. Como apunta Antonio Agredano “¿A quién le va bien? En serio me lo pregunto, ¿A quién le va mejor que hace ocho años?, ¿Qué funciona mejor que entonces?, ¿En qué hemos avanzado? No quiero palabrería hueca ni buenismos; quiero datos, a pie de calle. Los coches son más caros, la vivienda imposible, los trenes son desesperantes e inconstantes, el supermercado con precios inasumibles para muchas familias. La ciudad levantada, las carreteras abandonadas, la burocracia más lenta, más inaccesible y menos empática que recuerdo. La sanidad anticuada, estrujada y sin capacidad de reacción. Sin presupuestos, con la convivencia minada, aislados internacionalmente. Y de los centros educativos no me extiendo hoy, porque escribiría cosas de las que mañana me arrepentiría, ¿A quién le va bien? Pregunto.
Llevo tiempo advirtiendo que pronto, mucha gente que está tranquilita, porque viven ahora de forma espectacular, van a quemar las calles. Cuando el psicópata de la Moncloa nos libere de sus delirios, les van a faltar contenedores que quemar. Un clarísimo ejemplo es el famoso “decreto Maricarmen”. Primero lo utilizan como cortina de humo para aliviar la presión de la invasión marroquí de Ceuta o de las innumerables causas judiciales pendientes. Luego su ejército de asesores, elabora una sórdida estrategia, aprovechando los equipos de opinión sincronizada y las redes clientelares labradas a golpe de subvención. Tenían una imagen, tenían una foto enternecedora, la de una anciana en camilla siendo desalojada de su hogar. Un auténtico casus belli, un verdadero programa electoral. Y ahora, la pobre señora fallece y seguirán mercantilizándola.
No puedo extenderme en esto, una página da para lo que da. Solo dos aclaraciones. No es mi deseo que las ancianas desvalidas terminen debajo de un puente y aunque su Sanchidad prometió que nunca más habría desahucios en España tenemos casi 70 al día. En el año 2025 se superaron los 25.000 y desde que gobierna el PSOE y aliados son ya más de 272.000 desahucios.
De repente este gobierno, el “gobierno de la gente” descubre a Maricarmen y automáticamente anuncian medidas urgentes contra los desahucios. Medidas que no se le ocurrió tomar en ocho largos y agónicos años. Plantean el relato manipulando los sentimientos, como cuando presentan una iniciativa legislativa en el parlamento repleta de trampas. Si pretendes datos, estadísticas, estudias causas y aportas soluciones, eres un fascista que desea la muerte de las ancianitas desvalidas. Es una especialidad de su Sanchidad, y sus marrullerías, deshumanizar al contrario.
Este gobierno que no ha hecho absolutamente nada por aportar soluciones al problema de la vivienda durante más de ocho años. Estos inútiles han prometido año tras año construir cientos de miles de nuevas viviendas sociales y no han aportado ninguna. Como me comentaba un amigo el otro día, el concurso televisivo de “1,2,3 …” entregó más viviendas que este desgobierno. No sólo no han liberado suelo, eliminado trámites administrativos para promover la construcción de viviendas, sino que lo han empeorado todo de forma demencial. Si en los últimos cinco años has promovido que vengan cinco millones de inmigrantes, hasta el último tolete sabe que se demandarán inmuebles. Por no hablar de toda la maraña de leyes vinculada al arrendamiento que ha supuesto que miles de casas se hayan retirado del mercado ante la fragilidad de sus propietarios. Porque este gobierno es especialista en ayudar a algunos, con lo que le quita a otros. No sólo no construye, no liberaliza, no promueve, sino que pretende esquilmar a pequeños ahorradores del fruto de su trabajo. Ahora todo el mundo, menos los colegas, son fondos buitre.
Quemar las calles, ésta es su especialidad. A pesar de que son la principal fuente del problema, al menos por su inacción durante más de ocho años, le echan la culpa a la oposición, a Rusia o a Franco. No se inmutan, mientras culpan a otro de sus contrastadas incapacidades. Ahora, tras convocar las esperadas elecciones, este gobierno va a solucionar el problema de la vivienda que han aumentado ellos mismos.
Siempre tienen avispados arribistas que les ocuparan la Puerta del Sol, mientras han sido aupados a golpe de subvenciones, confiando en prosperar, como en el 2015, a nuevos marqueses de Galapagar. Si algún día hay que quemar las calles, que no sea por hacerle el juego a estos adictos del poder.
Luis Nantón Díaz
QUEMAR LAS CALLES
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SIEMPRE APRENDIENDO
Ante todo gracias por tu visita.
Te presento un recopilatorio de los artículos que semanalmente se publican en el CANARIAS 7, y que con auténtica finalidad terapéutica, me permiten soltar algo de lastre y compartir. En cierta medida, de eso se trata al escribir, de un sano impulso por compartir.
La experiencia es fruto directo de las vivencias que has englobado en tu vida, y mientras más dinámico, proactivo y decidido sea tu carácter, mayor es el número de percances, fracasos, éxitos… Los que están siempre en un sofá, suelen equivocarse muy poco…
Y, posiblemente eso sea la experiencia, el superar, o al menos intentarlo, infinidad de inconvenientes y obstáculos, procurando aprender al máximo de cada una de esas vivencias, por eso escribo, y me repito lo de siempre aprendiendo, siempre.
Me encantan los libros, desvelar sus secretos, y sobre todo vivificarlos. Es un verdadero reto alquímico. En su día, la novela de William Goldman “La Princesa Prometida” me desveló una de las primeras señales que han guiado mi camino. La vida es tremendamente injusta, absolutamente tendente al caos, pero es una experiencia única y verdaderamente hermosa. En esa dicotomía puede encontrarse ese óctuple noble sendero que determina la frase de aquel viejo samurái: “No importa la victoria, sino la pureza de la acción”.
Como un moderno y modesto samurái me veo ahora, en este siglo XXI… siempre aprendiendo. Los hombres de empresa, los hombres que intentamos sacar adelante los proyectos de inversión, la creación de empleo, los crecimientos sostenibles, imprimimos cierto carácter guerrero a una cuestión que es mucho más que números. Si además, te obstinas en combinar el sentido común, con principios, voluntad de superación y responsabilidad, ya es un lujo.
Si también logramos inferir carácter, lealtad y sobre todo principios a la actividad económica, es que esa guerra merece la pena. Posiblemente sea un justo combate.
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