La mayor parte de los gobiernos europeos son un manual de debilidad, aunque con el creciente desbarajuste español, ganamos el podium. La debilidad mata, y con el tema de la sustitución poblacional que sufrimos, estamos provocando un irrevocable suicidio.

Seguimos comentando el magnífico análisis del politólogo Ernesto Mila. Necesarias e inequívocas reflexiones sobre la invasión que está sufriendo Europa, con el problema de la inmigración masiva e ilegal. Fundamental el reafirmar una cuestión de Perogrullo: la inmigración ilegal es un delito, y si no lo tenemos presente, permitimos el delito y engrandecemos el problema. Hay que tener perspectiva. Hay unas élites financieras y tecnológicas que dominan nuestro mundo, apostando decididamente por alterar la población europea, alentando y permitiendo con sus títeres políticos esa sustitución. 

Pese a lo evidente del problema, pese a las cifras escandalosas que sufrimos, todavía resulta extremadamente complicado denunciar el conflicto. El sistema tiende a excluirte, a cancelarte bajo la etiqueta de “racismo”, “xenofobia”, “atentado a los derechos humanos”, “odio” y otras armas de “cancelación masiva”. Todavía te la juegas, pero la realidad resulta tan brutal, y los perjuicios tan contrastados, que cada día les cuesta más acallar las voces de protesta.

Ernesto Mila nos expone en su discurso tres cuestiones fundamentales. La primera es si ya no es demasiado tarde para intentar resolver el problema, la segunda es cuál será la reacción de los “nuevos europeos” frente a políticas en defensa de lo europeo, y por último, si tenemos capacidad de reacción frente a toda esta debacle.

¿Es demasiado tarde para los europeos?

Se calcula que aproximadamente el 35% de la actual población europea no es originaria del continente. Siempre es difícil obtener datos reales, sobre todo porque los gobiernos maquillan sus cifras oficiales, y convierten documentalmente en europeos, a quienes no lo son. Por ejemplo, en España se calcula que el 20% de la población no ha nacido en España. 

Para ilustrar, los hijos de los inmigrantes nacidos en España ya ascienden a 3.100.000 personas. Los partos de las madres inmigrantes, ya suponen en la actualidad un 34% de los nacimientos de nuestra nación, según los datos del Instituto Nacional de Estadística (INE). Si a estos 3.100.000 hijos de inmigrantes de segunda generación le añadimos 3.300.000 millones de inmigrantes nacionalizados españoles y otros 6,8 millones que mantienen exclusivamente su nacionalidad, tenemos un total de, como mínimo, 12.000.000 de nuevos españoles. Todo ello, al parecer, sin entrar en el cómputo de la actual regularización, que posiblemente se acerque a un millón y medio de inmigrantes. Si esto no altera un país, si estos no son datos a tener en cuenta, es que nos falta un hervor.  

Nuestro propio buenismo nos va a convertir en ciudadanos de segunda. Para la década del 2040-2050 se calcula que la población de origen inmigrante será la misma que nacionales de origen. No voy a exponer cambios económicos, culturales, sociales o religiosos, creo que son más que obvios. Y, como observamos sobre todo por la experiencia de otras naciones europeas, son colectivos que aspiran a defender su visión del mundo. Justo lo contrario de lo que hacemos nosotros. Además, creen en su cultura, en la familia y en su religión. Sobre todo cuando hablamos del islam.

La pérdida de identidad de las sociedades irá aumentando y multiplicándose a medida que las diferentes etnias se vayan concentrando en torno a su origen antropológico y cultural: ya no tendremos  “comunidad nacional”, eso se acabó. Tampoco es desdeñable la incompatibilidad del islam con cualquier otra creencia religiosa. Sencillamente son planteamientos excluyentes

La siguiente cuestión es: ¿cómo reaccionará la población inmigrante ante un cambio de paradigma en relación a la inmigración? Pues mal. Si los autóctonos se ven obligados a frenar cualquier política que suponga la entrada de más gente, y a priorizar políticas sociales para sus nacionales históricos, pues ya no hay para todos. Es como cuando nos liberemos de su Sanchidad y redes clientelares. Se van a quemar las calles, porque hay miles de personas que están muy a gusto con la actual situación, y no les van a agradar los necesarios cambios. Además, estos numerosísimos colectivos, son los que están acostumbrados a tomar la calle. Lo veremos, y lo veremos pronto.

Finalmente la última reflexión de Mila es si estamos en disposición de poder hacer algo en la actualidad. Posiblemente su apuesta principal es hablar claro y, teniendo clara conciencia de que nos estamos jugando el futuro, tomar cartas en el asunto y dejarnos de capulladas. Mostrarnos verdaderamente inflexibles en defensa de nuestra identidad, de nuestros valores y por tanto de nuestro futuro. Hay naciones europeas que sufren esta desgracia de la multiculturalidad, y pese a los millones regados en integración e igualdad, son sociedades fracturadas e inestables. Los guetos se multiplican, frente a la mirada atónita y perpleja de los locales.

Es sencillo, aunque hay gente a la que le desagrada el discurso, pero esta es nuestra tierra, y es lógico que pretendamos defenderla. Hablamos de cultura, tradiciones, una visión del mundo en la que nos encontramos más cómodos. Es un legado de siglos que nos están arrebatando en un auténtico timo de la estampita.

Es imposible asumir un cambio tan radical en nuestra sociedad. Ni lo hemos pedido, ni nos hace falta. Debemos luchar frente a esta nueva imposición de unas elites gobernantes que solo aspiran a cambiar de súbditos. Si realmente te preocupa la situación, apoya con tu voto cualquier partido político que priorice solucionar los problemas de los españoles. Que no te lleven al lego, tenemos recursos contados, vivimos de prestado y se trata de nuestro futuro. Los españoles tenemos que tener prioridad en todos los aspectos de nuestro país, al igual que en responsabilidades.

Personalmente, y a diferencia de Ernesto Mila, estoy convencido de que nuestra debilidad es tan brutal, que ya poco se puede hacer. Me encantaría estar absolutamente equivocado.

Luis Nantón Díaz