Muchas cosas están cambiando. Por ejemplo, Felipe VI acaba de “meter la pata” con una desacertada opinión con el cuento de la Leyenda Negra española. Diplomáticamente es un disparate, y prueba es lo que tardó la presidente mexicana en regodearse con la regia humillación. No pasa nada. Es una opinión. Pero el cambio radical reside en la enorme cantidad de ciudadanos que han mostrado su consternación y rechazo por ello. El cambio reside en que hay muchos españoles que nos sentimos orgullosos de nuestro legado, y nos hemos cansado de pedir perdón, y darle la espalda a nuestra historia.
Lo de la corrección política, a lo mejor, ya no está tan de moda. Incluso lo de la “moderación”, que me suena a sumisión, empieza a parecer bastante aburrido. Hay cosas que cuando se imponen deseas que sea por un tiempo efímero, en una época donde toda “chorrada” tiene su momento, como los “opinólogos”, los palos para “selfie”, los patéticos patinetes eléctricos o los podemitas, que ya están camino de la completa extinción política.
Los que semanalmente sufren mis desquiciadas líneas saben que soy un mal ciudadano. Lo soy. Disfruto compartiendo con personas íntegras e inteligentes, que intentan promover la independencia intelectual y el espíritu crítico. No lo conseguimos, pero lo intentamos. Por eso, para los adictos al poder, estamos en el reducto de los “hodiadores”, de los que buscamos el enfrentamiento, de los que no somos resilientes y repartimos fango por doquier. Pero me cuesta mucho reírle las gracias a su Sanchidad, y a todas sus “focas palmeras”, considerando un necesario deber el disentir del pensamiento único sin agachar la cabeza. Lo dicho, un elemento hostil y una mala persona.
Lo comentaba Santiago Segura, con su nuevo éxito de TORRENTE. Nos enfrentamos a una élite mafiosa que etiqueta como bulo a las investigaciones sobre sus fechorías y tacha como “fascista” a todo el que levante la voz contra el tirano. Su Sanchidad ha levantado un búnker desde el que insulta a la mayor parte de la nación. Corrupto hasta la médula, sustenta su poder en supremacistas catalanes, una izquierda woke desconectada de la realidad y extremistas vascos convertidos en catequistas parlamentarios. Todo esto, en un país donde la mayor parte de los ciudadanos solo pretendemos vivir tranquilos, tener una familia, algo de prosperidad, sin que estos descerebrados nos arrastren a la miseria y a la división sectaria.
El gran timonel de la Moncloa acaba de crear el decimonoveno chiringuito. Uno de esos observatorios donde colocar a los estómagos agradecidos, y poder vindicar que su ilustrísima es la “fuente de la que todo mana”. Que se lo digan a los siempre fieles sindicatos de clase, los de la eterna “mamandurria” que pasan de 8 millones de euros en subvenciones en el 2018, a los 32 millones de euros el año pasado. ¡Jolines con la inflación! Así no tienen tiempo para manifestarse por los problemas de la ciudadanía.
Esto de HODIO es una especie de trituradora contra la divergencia y la información incómoda. Otro ministerio de la verdad y el pensamiento único. La razón de esta anomalía es que los “progres” están replegando sus relatos y perdiendo por completo la simpatía de las redes sociales. Eso se nota especialmente en los jóvenes, hartos de tanta manipulación y de tanta frustrante incapacidad. Jóvenes que anteriormente confiarían en caducas siglas políticas direccionados por determinados discursos sobre la mujer, la vivienda o la inmigración. Cuando un engendro político pierde la batalla cultural, ante la carencia de ideas y propuestas, se impone la judicialización, los observatorios y estrategias de monitorización. La perfecta estratagema para censurar y cancelar.
Los globalistas, los dirigentes de la agenda 2030 proyectan sus erráticas desviaciones sobre el contrario. Eso justifica el éxito del que disfrutó durante el Imperio woke la monserga de los discursos de odio, que siempre fue una imputación unidireccional, siempre destinada a reducir al enemigo a un montón de prejuicios, amalgamarlo, deshumanizarlo, que es precisamente lo que se espera del que odia en cualquier relato.
Pero nunca lo relativicemos, el odio es contagioso y primario, y es uno de los vehículos favoritos del mal. Hay movimientos sociales que están rebosantes de un inmenso e infinito rencor, primo hermano del odio. Toda la locura pijo progre es la historia de una inmensa insatisfacción, prima hermana del más bajo rencor. Lo único en lo que la izquierda ha sido imbatible es su capacidad para manipular el odio, para encenderlo, para dirigirlo en beneficio propio. Auténticos profesionales del odio, por eso desarrollan HODIO.
Pedro Sánchez ha creado escuela, es en la división y en el odio donde el sanchismo se mueve a sus anchas. Su historia lo confirma: dividió a los suyos, a los socialistas, y dividió el parlamento, como hoy está intentando partir en dos la nación de la forma más irreconciliable posible. Porque uno de los grandes problemas de nuestro tiempo quizá no sea la falta de información, sino la falta de mirada. Vemos mucho y entendemos poco. Opinamos rápido y escuchamos tarde. Nos hemos acostumbrado a observar el mundo como si fuera una sucesión de titulares, cuando en realidad está hecho de historias. Significa aceptar que la verdad rara vez cabe en uno de esos titulares. Significa también tener el coraje de defender lo justo incluso cuando la mayoría mira hacia otro lado. Hoy vivimos en una época en la que casi nadie mira así. Se observa rápido, se opina rápido, se sentencia rápido.
Hay que tener paciencia, y ese legado hay que transmitirlo a las nuevas generaciones. El valor no consiste en ganar siempre, sino en empezar una lucha sabiendo que quizá la perderás y aun así seguir adelante. Esa lección, tan antigua como la dignidad humana, parece hoy más necesaria que nunca. Si te mienten descaradamente sobre cosas que están pasando ahora mismo, en tiempo real, con cámaras por todas partes e Internet al alcance de la mano, imagínate lo mal que están los libros de historia. Por eso hay que mantener el espíritu crítico, y ceder menos a una IA que nos arrastra mansamente a convertirnos en amebas funcionales.
El filósofo Eric Hoffer, especialista en corrientes de opinión y en “conversos” decía: “El odio es el agente unificador más accesible y completo. Los movimientos de masas pueden levantarse sin creer en un Dios, pero nunca sin creer en un demonio”. Lo que realmente buscan estos dictadores es generar miedo, para que seas timorato, para que midas tus palabras y pensamientos, no seas cancelado, multado o castigado. Por eso, para estos parásitos, si el odio lo practica la izquierda se llama «jarabe democrático». Son unos artistas de la mentira. Su Sanchidad y su HODIO saben mucho de esto.
Luis Nantón Díaz
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SIEMPRE APRENDIENDO
Ante todo gracias por tu visita.
Te presento un recopilatorio de los artículos que semanalmente se publican en el CANARIAS 7, y que con auténtica finalidad terapéutica, me permiten soltar algo de lastre y compartir. En cierta medida, de eso se trata al escribir, de un sano impulso por compartir.
La experiencia es fruto directo de las vivencias que has englobado en tu vida, y mientras más dinámico, proactivo y decidido sea tu carácter, mayor es el número de percances, fracasos, éxitos… Los que están siempre en un sofá, suelen equivocarse muy poco…
Y, posiblemente eso sea la experiencia, el superar, o al menos intentarlo, infinidad de inconvenientes y obstáculos, procurando aprender al máximo de cada una de esas vivencias, por eso escribo, y me repito lo de siempre aprendiendo, siempre.
Me encantan los libros, desvelar sus secretos, y sobre todo vivificarlos. Es un verdadero reto alquímico. En su día, la novela de William Goldman “La Princesa Prometida” me desveló una de las primeras señales que han guiado mi camino. La vida es tremendamente injusta, absolutamente tendente al caos, pero es una experiencia única y verdaderamente hermosa. En esa dicotomía puede encontrarse ese óctuple noble sendero que determina la frase de aquel viejo samurái: “No importa la victoria, sino la pureza de la acción”.
Como un moderno y modesto samurái me veo ahora, en este siglo XXI… siempre aprendiendo. Los hombres de empresa, los hombres que intentamos sacar adelante los proyectos de inversión, la creación de empleo, los crecimientos sostenibles, imprimimos cierto carácter guerrero a una cuestión que es mucho más que números. Si además, te obstinas en combinar el sentido común, con principios, voluntad de superación y responsabilidad, ya es un lujo.
Si también logramos inferir carácter, lealtad y sobre todo principios a la actividad económica, es que esa guerra merece la pena. Posiblemente sea un justo combate.
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