El otro día una chica muy amable me sugirió escribir sobre esto del Hantavirus. Me agradó que alguien pensara que sirve para algo lo que publico, es alentador, pero le comenté que el tema me despertaba malas vibraciones. Las mismas herramientas, la utilización del miedo más irracional, para bloquearnos, para que nos sintamos pequeños y muy vulnerables. Para que humildemente solicitemos protección y nos marquen las pautas a seguir.

Los mismos patrones de hace seis años. Por supuesto, este negociete de Bill Gates y los silenciosos chinos, al que llaman OMS, planificando políticamente las dosis de miedo a inocular. La casposa intervención de Sanchez-Simón, no sé si es parte de la opereta tradicional o una payasada para darle un toque surrealista al invento. Todo es como en las pelis de terror, cuando la cosa parece serena, pero es para ponerte nervioso. Ya hemos visto esta serie, y sabemos que la primera parte del bodrio es perversamente tranquila. Vean como dosifican los periódicos los titulares, que no es información, como utilizan los términos más truculentos para magnificar la noticia. Es de manual, es la sistemática del guión.

Además de tener constancia “judicial” de que mientras nos encerraron, mientras cancelaron el parlamento, mientras se “liaron un puro con la constitución”, se forraban imponiendo mascarillas. Una época reciente donde el personal pasa de puntillas: cuarentena, virus, contagios. Es un tema que me resulta repugnante, rememoro las asfixiantes cadenas de los tapabocas y el KGB de los balcones.

Murciélagos, laboratorios, ratones. El hantavirus no es una amenaza emergente ni un enigma de probeta; lleva siglos conviviendo con nosotros en entornos rurales, oculto en especies muy específicas de roedores silvestres. La plandemia siguió un guión. Primeramente se aterrorizó a la población con la complicidad de los medios. Se volcaron en una campaña de generación de miedo, cuyo principal objetivo era la domesticación de la ciudadanía, nuestra anulación por el terror más irracional. Invirtieron muchos recursos, que todos pagamos, para arbitrar una verdadera histeria colectiva con el objeto de facilitar la aceptación de medidas absurdas y totalitarias. 

Estos guiones son los favoritos de los globalistas, de los que nos insisten permanentemente en que somos muchos en el mundo. Es aberrante que sigamos a ciegas los consejos de unos adictos al poder que están convencidos de que sobramos la mitad en este planeta. Es demoledor que pudieran someternos a un arresto domiciliario que nos impidió despedirnos de aquellos que “abandonamos” en hospitales y residencias. Y todo por miedo. Nadie quiere hablar del tema, es comprensible, pero me niego a callar. En nuestra comunidad, gracias a la incansable labor de colectivos como CANARIAS DESPIERTA Y UNIDA, accedemos a la constante información científica, que va desvelando como fuimos engañados.

Hay un antes y un después a lo acontecido en el 2020. Los irresponsables confinamientos fueron epidemiológicamente inútiles y menoscabaron notablemente nuestra salud mental. Cuando más necesitábamos salvaguardar nuestro sistema inmunológico, lo arrimamos en un armario. No olvidemos las inútiles mascarillas, especialmente crueles con los niños, que no se impusieron para controlar el virus sino para controlar a la ciudadanía.

No se trata de ciencia, sino de obediencia, constatar el triunfo del globalismo más laminador que elimina la capacidad soberana de las naciones para tomar decisiones. No ignoremos la sospechosa sincronización en la imposición de medidas que resultaron peores que la enfermedad, el histerismo instigado desde los medios, la ruina de tantos, las infamias a las que empujó el miedo.

Activaron un programa de vacunación indiscriminada con terapias genéticas que no cumplían ninguno de los tres requisitos exigidos para un medicamento: necesidad, eficacia y seguridad aunque procurara pingües beneficios.

Con esto del barco que arribó a Tenerife, como si fuera el “buque fantasma” a los políticos se les llena la boca. Con estas comedias la gente se olvida de sus escandalosos atracos. Este nuevo circo psico-sanitario reaviva el miedo, para que te sientas realmente satisfecho, sabiendo que estás vivo, aunque la vida sea ver Netflix en tu sofá, mientras te peleas con tu prójima, para ver a qué restaurante chino le pides el “papeo”.

Esto es como el narco gallego en Airbag: “Profesional, muy profesional”. ¿Vamos entendiendo por qué un barco de bandera holandesa, anclado en Cabo Verde, pasando por Senegal, Gambia, Mauritania y Marruecos acabará, por decisión de su Sanchidad, en Canarias? Pero es que se le notan las ganas. No ya de los criminales al mando. No, más allá. Se notan las ganas de los crédulos, que ya pueden entretenerse con los opinólogos, ya tienen un tema importante para aderezar su aburrida vida. No sé si ya tenemos empresarios con sede en un garaje, espoleados por profesionales de la política, soñando con el tráfico de trapos para la boca, en otra orgía de despilfarro del dinero de todos para que se lo lleven los de siempre. Incluso atisbo a la vieja del visillo, fantaseando con la idea de salir al balcón a ladrar su desquiciamiento, o el clímax de aplaudir a las ocho junto a sus compañeros del trastornado guión.

No sé, deberíamos escuchar otras voces y otros ámbitos, aunque no coincidan con la narrativa del gobierno y de sus palmeros, con sus verificadores de información, con sus inexistentes comités científicos. Y hacerlo, siempre y en todo momento y para cualquier fuente, de manera crítica y distanciada, recordando que la urgencia que produce el miedo es la peor consejera. No obstante, y por suerte, estamos viendo que una parte de la sociedad ya no puede ser asustada por las mismas mentiras de los mismos canallas.

Luis Nantón Díaz