Hace unos años pude disfrutar de una mágica noche, envolviéndome en la lluvia de estrellas de las Perseidas desde la Mesa de Acusa. Esa noche entrañable fui más consciente, de la multitud de lugares especiales con los que cuenta Canarias, de enorme carga simbólica, que resulta saludable vivificar. El pasado solsticio de invierno, celebrado hace unos días, supone el último recordatorio que nos brindan los astros, mientras va disminuyendo el imperio de la noche, hasta el equinoccio de primavera.

Contemplar ese despuntar del padre sol, disfrutar de un amanecer desde el Roque Bentaiga es una gran experiencia, donde rememoramos a los antiguos faycanes, en su constante empeño por controlar el tiempo, sobre el tiempo. Pueblos del norte, pueblos indoeuropeos que están en el origen de nuestra civilización, trazaron una concepción del mundo específica que se manifiesta en cada uno de los componentes de las civilizaciones europeas tradicionales: del arraigo celta a la magna grecia, del mundo romano a la concepción persa, de la europeización cristiana del medievo a la regeneración del brillante renacimiento. Esta concepción del Mundo se expresa a través de los símbolos y muchos de ellos tienen una significación Solar.

            Para los Indoeuropeos, el Sol es la fuente del calor y de la vida. Los textos arios presentan al Sol como origen de todo lo que existe, el principio y fin de toda manifestación. Recordemos que la controvertida Savitri Devi llama al Sol, el “Alimentador”. La alternancia entre la vida-muerte-resurrección esta simbolizada por el ciclo solar, el Sol es parte fundamental del Árbol del Mundo, del Árbol de la Vida, que obtiene su mayor plasmación en los mismos rayos solares. Rayos solares que ligan dos aspectos de una misma realidad: cielo y tierra.

            En relación al mundo primigenio, Apolo es para los griegos el Dios Solar por excelencia, el Dios creador cuya flecha es idéntica a un rayo de Sol, en armonía con su dorado cabello, la lira dorada con la que canta al Olimpo y su carro de oro que es arrastrado por tres caballos blancos.

            En los textos irlandeses y galeses, utilizando comparaciones y metáforas, el Sol se utiliza para caracterizar, no solamente lo brillante y luminoso, sino también todo lo que es bello, amable y esplendoroso. Los textos galeses denominan muchas veces al Sol utilizando la metáfora de “Oro del Día”; el nombre del oro en irlandés (sul), origina el nombre británico de Sol. Los Vedas nos hablan también del Sol como “Oro del Mundo” y como “Corazón del Mundo”. Es por esto por lo que muchas veces es representado el Astro, en el centro de la Rueda del Zodiaco.

            La Rueda es el símbolo del Sol radiante. Girando continuamente, simboliza los ciclos y las renovaciones. En la Tradición Europea la Rueda es frecuentemente utilizada en la celebración y conmemoración de grandes fiestas solares. Ruedas ígneas puestas a girar en las celebraciones del solsticio de verano, procesiones de antorchas bajando de las montañas en el Solsticio de Invierno, ruedas transportadas en carros pertenecientes a cortejos festivos, ruedas esculpidas en las puertas de las mansiones familiares.

            En los textos védicos la Rueda tiene una significación Cósmica: su permanente rotación significa y representa la renovación, la resurección. Como muestra la Iconografía Tradicional la rueda tiene muchas veces doce rayos, número coincidente con el Ciclo Solar. Cuando tiene cuatro rayos, representa las cuatro direcciones del espacio, más también la periodicidad de las estaciones: “Un corcel único en el septuplo nombre mueve la Rueda en el triple medio, la Rueda inmortal que nadie para, sobre el cual reposan todos los seres”, citan los Vedas.

            Del 25 de diciembre al 6 de enero, tiene lugar el ciclo rememorativo más potente de todo el año. La naturaleza ha ido languideciendo a lo largo del otoño, llegando a un período de inflexión. El sol, dador de vida, detiene su alejamiento de la tierra y si antes parecía como si quisiera salirse de la elíptica y desaparecer, ahora, a partir del 25 de diciembre, inicia su lenta aproximación a nuestro planeta. Esto hace del invierno una estación rigurosa en cuanto a las inclemencias climáticas, pero llena de alegría: es la promesa de una renovación.

Nos encontramos de frente con una fiesta familiar, como la pareja dualidad-solsticio, por otro lado, con una celebración profana como el primero de año, la fiesta de Jano, y, por último, y no por ello menos importante, con una fiesta para los niños, la última epifanía.

Al tratarse de un ciclo de doce días, lo relacionamos con ancestrales costumbres donde el número doce era sagrado y se repite en distintos motivos simbólicos. Su clara vinculación solar no puede ser solo considerada como una mera muestra de “naturalismo”, es fundamentalmente, la evidencia de una concepción del mundo y de una tradición nórdico-polar. El hecho de que el ciclo festivo haya sido cristianizado no resta importancia a este simbolismo, tan solo lo cubre de connotaciones propias de la religión dominante. Pero llámese Cristo o Mitra, la celebración del día de su nacimiento coincide con la ruta en la que el sol se encuentra en el punto más bajo de la elíptica.

Durante miles de años, nuestros antepasados han celebrado esta efeméride y a lo largo de las culturas dominantes en cada ciclo, ha permanecido inamovible y nada ni nadie ha logrado desarraigarla de la memoria colectiva de nuestros pueblos. Como máximo se ha adaptado y en las últimas décadas, posiblemente, adulterado.

Aquí radica la importancia de este ciclo de 12 días: pone en contacto el pasado con el presente y es una promesa de futuro. Lo que han hecho cientos de generaciones en el decurso de milenios, es una “tradición”, un patrimonio ancestral, lo que une a los hombres del presente con su pasado más remoto; las fiestas y celebraciones de este ciclo muestran a los hombres de hoy, cuáles eran los principios y la concepción del mundo de sus ancestros. El Sol conlleva la exigencia de superación del si-mismo, es aspiración de nobleza y de la exaltación del individuo frente a la monotonía lineal de la cantidad.

            El Sol es el símbolo del principio generador y origen del poder. La imagen solar representa la labor de adiestramiento, de la educación, de la conciencia, de la disciplina, de la moral y de la experiencia. El Sol es símbolo del Héroe y del Soberano.

            Se comprende ahora por qué los aborígenes, como pueblo de contrastada estructura tradicional, siempre atento al curso del Sol, celebraban con sencillo fervor el Solsticio de Invierno y con magnificencia el Solsticio de Verano. Los Solsticios representan, dos momentos privilegiados del desarrollo del ciclo anual. No solo se trataba de apuntar en las tablillas que denominaban tarjas, para un uso agrícola, se intentaba captar la lenta y profunda respiración de la naturaleza, uniendo a la Tierra y el Cielo en un mismo proceso alquímico.

            En este último solsticio de invierno, la noche más larga del año, respirando el limpio aire de la noche entre los pinos de Acusa, celebramos una prolongada velada, depositando una vez más nuestra confianza, en la perennidad de la vida. Una vez más, el Sol no defrauda nuestra esperanza, retornando a su progresivo fulgor, cada día más alto, hasta la llegada de la primavera. Cuando llega el verano, el Solsticio marca el triunfo de la Luz y del Calor. Los Hombres celebramos con alegría el poder del Sol.

“¡Un Hombre es exactamente tan grande como la llama que arde en su interior!”. No lo olvidemos.

Luis Nantón