Una de las “excelencias” de los políticos, de los “adictos al poder” es fastidiarnos la vida, regularla a nivel extremo, y convencernos de que su degradación es por nuestro bien. La “excelencia” de nosotros, los satisfechos plebeyos, es que les seguimos el juego. Una de las mejores muestras de esta patética perversión son las “cadenas” de la cita previa. La impusieron con el cuento de que venía a modernizar las gestiones con la administración. El cuento sonaba bien: menos colas, menos esperas, menos caos. La realidad, sin embargo, ha sido exactamente lo contrario. Un infranqueable filtro de exclusión, una fábrica de retrasos y un eficaz y silencioso mecanismo de desmovilización ciudadana.

Nos ahorramos la repulsiva sentencia de “venga Usted mañana”, evitando sojuzgar al contribuyente. Basta con condicionarlo a través de un laberinto de pantallas, teléfonos saturados, calendarios sin huecos y fríos mensajes  que te devuelven al punto de partida. Sutil perversión, eficaces grilletes de estabulación. La domesticación directa del ciudadano genera fricciones, en cambio, la imposibilidad práctica produce resignación. Y la resignación, para cualquier poder totalitario, es una optimización de sus recursos. Triste, pero cierto.

Las mentiras del sistema siempre se administran en pequeñas píldoras: no nos cierra la puerta del todo, porque eso sería demasiado violento; la entreabre lo justo para que los súbditos tengamos resiliencia, que es lo que está de moda. No es que el sistema sea arbitrario, opaco o sencillamente ineficaz. El problema eres tú, que no estás capacitado. La Administración no fracasa: fracasa el administrado. Y así, además de soportar el peso de las cadenas, terminamos cargando con la culpa.

¡Ya está bien! Basta ya de seguirle el juego a unos políticos tan incapaces, como mentirosos. La “casta” directamente responsable de esta degradación no merece respeto. Estos desgraciados han descubierto un filón y no lo sueltan, aunque saben de lo ilegal del sistema. Recortar atención presencial, no dotar servicios, mantener insuficientes recursos humanos y materiales y, aún así, presentarse como héroes de la modernización. Otro de sus grandes relatos: transformar la incapacidad institucional en una elegía del progreso. Es fantástico, no se ve a la gente esperando ante el organismo correspondiente, por lo tanto no existe el problema, todo funciona bien. Es la vieja magia del poder de políticos inútiles: si el sufrimiento se vuelve invisible, si no sale en la tele…es que no existe.

Lo primero es poner las cosas en su sitio. La cita previa no ha sido una herramienta al servicio de la ciudadanía, sino un subterfugio para mimetizar la escasez y disimular las carencias. No aporta soluciones, simplemente maquilla los problemas; una de las grandes habilidades de su Sanchidad y camarilla. No mejora la capacidad del servicio; raciona la demanda. No elimina la cola; la hace invisible. Poco importa que la fila interminable siga existiendo, solo que ahora está desperdigada entre móviles, centralitas colapsadas, semanas de demora y plazos que corren indiferentes a la desesperación de los usuarios.

La aberración de la cita previa, tal y como se aplica, castiga a quien menos margen tiene para solventar la barrera: tercera edad, ciudadanos con baja competencia digital, trabajadores con horarios rígidos, personas enfermas, dependientes, sin red familiar o sin recursos para delegar el trámite. Los que nunca aparecen en los discursos de innovación salvo como patética decoración del relato oficial. Se habla mucho de inclusión mientras se arbitran procedimientos diseñados para los que tienen más recursos, más conectados y más adaptados al idioma del rígido formulario.

Y lo de siempre, el axioma sobre el que pivotan y crecen las desigualdades. No solo por el cinismo de la mayoría de los políticos, totalmente desconectados de la sociedad de la que viven, sino sobre todo por una sociedad adormecida, aborregada y extraordinariamente manipulable. Un domesticado colectivo donde confundimos paciencia con civismo, resignación con madurez y sometimiento con normalidad. Nada va a cambiar hasta que dejemos de quejarnos en los almuerzos con amigos o con la familia, de manifestar nuestro malestar en resignada voz baja. Se maldice al sistema en privado y se acata en público. Y ese hábito de circunspecta sumisión propicia todo tipo de atropellos. No es de recibo normalizar las cadenas de la cita previa como una simple molestia inevitable.

La clase dirigente que sufrimos, de una moral tan escuálida como su preparación, obvia permanentemente que no existe ninguna ley que ampare la cita previa obligatoria, sobre todo si tenemos en cuenta el artículo 103 de la Constitución. Por otro lado, no olvidemos que esta gente, se ha percatado hace tiempo, que es más barato pagar propaganda, frente a lo necesario para optimizar los recursos. La mediocridad política prospera y crece allí donde la ciudadanía ha renunciado a llamarla por su nombre.

La cita previa, cuando es voluntaria y razonable, puede ser útil. Nadie se atrinchera en este planteamiento. Puede ordenar, prever, ahorrar tiempo. El problema empieza cuando deja de ser una facilidad para convertirse en peaje. El informe del Observatorio de Gestión Pública del Colegio de Gestores Administrativos de Madrid (ICOGAM), revela que más del 80 % de los trámites analizados entre 2024 y 2025 carecieron de cita disponible en algún momento, con esperas de hasta 36 días para renovar un DNI o acceder a la Seguridad Social.

El verdadero escándalo no es solo que la cita previa haya operado tantas veces como barrera. El verdadero escándalo es que hayamos dejado de escandalizarnos. Que millones de personas asuman con fatalismo que entrar en una oficina pública exige una especie de rito previo de admisión. Que agradezcan como favor lo que deberían exigir como derecho. El problema no es de los funcionarios de base, es de una estructura que ha perdido el sentido del servicio público y que prefiere blindarse antes que escuchar. Que el lenguaje mismo del debate se haya desplazado tanto que ya no discutamos cómo garantizar la atención, sino cómo soportar mejor su restricción. Esto no va de realizar un trámite, de solventar una gestión, se trata de auténtica pedagogía de la sumisión.

Luis Nantón Díaz