Todos los días nos despertamos con nuevas noticias acerca de cómo han progresado algunos en España. Semanalmente aumentan los escándalos tanto como las “tragaderas” del personal en este concurso de rapiña. Todo ello en una sociedad que asume la imposibilidad de acceder a una vivienda en propiedad y será afortunado si logra compartir un piso con un par de colegas. No pueden permitirse más, a pesar de trabajar ocho horas y hacer la compra en los supermercados más asequibles. Observamos que por el mismo dinero, en la cesta hay un 35% menos de productos y que las subidas salariales jamás compensan el imparable incremento de los precios. ¡Menudo progreso ha brindado el gobierno de la gente!


Pocos medios se hacen eco de esta lamentable situación. Los palmeros en nómina del Gobierno camuflan la realidad, con superficiales debates y datos manipulados. Aunque de esto no quiera hablar casi ningún analista, la inflación desbocada en alimentos y energía o la pérdida de poder adquisitivo. El desánimo de saber que el Gobierno está en manos de una mafia criminal, no ayuda a cimentar el futuro. Eso sí, terrazas y bares están abarrotados, en una imagen falsa de prosperidad, ya que la cerveza es uno de los pocos paños donde uno puede enjugar sus lágrimas de forma asumible.


Inicialmente pensábamos que teníamos unos políticos que se corrompían, como suele ocurrir con los ecosistemas de adictos al poder. Pero con el paso del tiempo hemos averiguado que se trata de mucho más: unos caraduras, ya corruptos en origen, que se habían apoderado primero de un partido, después de un Gobierno y por último, de un Estado. La madeja solo ha empezado a desenredarse, pero los tentáculos resultan apabullantes. Un sistema paralelo construido a base de fagocitar instituciones clave como la TVE, el Tribunal Constitucional, la Fiscalía General, la Guardia Civil, la Policía, las empresas de la SEPI y todo lo que va saliendo. Siguiendo el modelo bolivariano, la famosa “colonización de las instituciones”, donde finalmente se confunde el Estado, con un Partido, y un Partido con un grupo de escogidos ansiosos de poder y de rapiña.


Mientras el sistema nos aburre con datos de su imaginario progreso, Moncloa ha tenido que autorizar casi 200 millones de euros en suplementos de crédito y prestamos extraordinarios en los últimos cuatro meses, para garantizar el normal funcionamiento de las mutuas colaboradoras y de los servicios comunes de la Seguridad Social. Todo esto en un contexto de presupuestos ilegalmente prorrogados desde 2023, que obliga a nuestro brillante ejecutivo a constantes y anárquicas ampliaciones presupuestarias. Eso sí, todo a base de aplaudir la maquinita del dinero de Bruselas, que algún día todos pagaremos.


Toda esta agrupación de interés económico que supone la coalición Frankenstein, que nos domina y sojuzga, explosionó en su verdadera dimensión a partir de la “plandemia”. Con el COVID, con nuestro miedo, con presupuestos abrumadores para “manipular su verdad” confirmaron que podían actuar impunemente. No sólo con las vacunas, no sólo con las mascarillas…lo querían todo. Ahora empiezan a aflorar los primeros datos del negocio de los respiradores, que a tanta gente destrozo. Mientras las maquinitas hacían su “función” otros facturaban cifras siderales. Unos años más tarde los mismos sufridores que antes podían considerarse de clase media, y que con sus nóminas escapaban, han bajado varios peldaños. Algunos necesitan que les ayuden sus padres pensionistas, o que les presten dinero o renuncian a lo que siempre habían podido permitirse.


El “progreso de los progresistas” casi siempre mantiene la misma trayectoria: un cuento chino tras otro para terminar peor de como empezamos. Promesas de prosperidad sin base, los mismos casposos discursos de odio con la que le han prendido fuego a la calle toda la vida. Rabia incontrolada, envidia y manipulación. Todo esto perfeccionado con el invento de la Agenda 2030, dónde esos pijo progres son promocionados por los infinitos medios de las grandes multinacionales. Los defensores de los parias de la tierra, almorzando caviar en esas maravillosas reuniones donde nos dicen a todos como debemos vivir, pensar o lo que sea menester.
Una buena muestra del pésimo estado en que se encuentra nuestra sociedad, es que acaban de condenar a 24 años de prisión a un exministro del actual Gobierno y no pasa absolutamente nada. Todos los días surge un escándalo aún mayor que el de ayer y lo asumimos con paciente indiferencia. Su “Sanchidad” más enrocado que nunca se niega a asumir su evidente responsabilidad política, los diputados que le sostienen se ponen de perfil y sus millones de votantes se consuelan con que al menos no gobierna la derecha. Todo lo que estamos viendo en los casos judiciales ahora abiertos es sólo la punta del iceberg de la corrupción. Y todo ello anudado estrechamente a un proyecto político de desconstrucción de nuestro país.


No entiendo de fútbol. Lo lamento, pero no tengo ni idea. Pero es imposible mostrarse impasible ante el cambio de paradigma que genera el mayor espectáculo del mundo. Triunfar en el mundial, por parte de la selección nacional, ayuda a tomar conciencia de lo que se puede ganar cuando lo hacemos unidos a valores como una común ilusión, el compañerismo, el valor del equipo o la creatividad. Pero esto no es un milagro ni una excepción. Esta es la España real, el sustrato auténtico y original sobre el que se afirma cada día una nación, más allá de la división artificial a la que nos llevan unos ruines interesados. Esto que escribo no es una locura, no es algo gratuito; al contrario, la locura es la polarización, la confrontación y la España pequeñita y diminuta que algunos están obsesionados en generar cada día.


Luis Nantón Díaz