Los ingeniosos artífices de la agenda 2030 lo dejaron cristalinamente claro desde el primer momento. No tendrás nada y serás feliz.  Hay que reconocerles que se lo curran. Tantas generaciones propiciando un generoso desprendimiento para alcanzar el nirvana, y gracias a multinacionales y emporios globalistas lo tenemos a mano. Todo esto de prosperar, de avanzar, eran veleidades de tiempos remotos, en los que la gente no entendía de las cosas buenas de la vida.

Qué mayor prueba de desprendimiento, que felicitarnos porque cada año que pasa, trabajamos más para sustentar a nuestro generoso gobierno, y sus mastodónticos gastos. Esto es como el diezmo religioso en el Egipto de las pirámides, pero a mayor gloria de la constitución del 78. Este ejercicio los españoles hemos trabajado 231 días para liquidar impuestos y cotizaciones, dos días más que el superado año 2025. Bueno, ahora que termina el mes de agosto, ya empieza a quedar algo para nosotros los humildes paganinis.

Por si todavía no has desayunado, y no has captado el mensaje, intento exponerte que hasta la semana pasada, has estado laborando única y exclusivamente para el gobierno. Entre otras cosas para que se puedan liquidar casi tres millones de pagas por Ingreso Mínimo Vital (IMV), de lo que su Sanchidad y sicarios, están tan orgullosos y contentos. La extinta clase media mantenía un importante peso en buena parte de Europa, pero diferentes indicadores determinan un deterioro de su capacidad para acceder a bienes y servicios que se asociaban a esa calificación. No es para menos.

El dislate recaudatorio de los adictos al poder tiene dos grandes grupos de beneficiarios: una elite dirigente de menor capacitación y mayor voracidad, y una red clientelar de electores que se conforma con las migajas del ocio. Lo que no cambia es que en esta galera, los que remamos somos siempre los mismos, aunque menguados y con menos ganas de pagarle la fiesta a otros.

Este imparable expolio pivota sobre una serie de “herramientas”, muy necesarias para el control de la sociedad. Partidos políticos, burócratas, sindicatos y empresas del IBEX, todos aplaudiendo como focas un sistema que los beneficia, mientras empobrece a la gran mayoría. Como los recursos económicos van disminuyendo, continúa creciendo el endeudamiento público, que hipoteca nuestro futuro, y cede el control de la nación a terceros.

La deuda de las administraciones públicas aumenta espectacularmente, lo que destaca con que las contraprestaciones que recibimos los “administrados” son de peor calidad, y disminuyen año tras año. Este verano se alcanzó un nivel de deuda cercano a 1.800 billones de euros, aumentando un 4% en menos de un año. Lo peor es que no es deuda para mejorar el tejido productivo o infraestructuras, es deuda para la fiesta de las pagas, subsidios y forraje para los adictos al régimen.

Cada vez queda menos para el susto de las pensiones. Sí, lo sé, nadie quiere verlo. Nadie se lo cree, pero los números son así de contundentes. Seguimos año tras año, con un gobierno de descerebrados que no logra aprobar unos presupuestos generales, pero mientras el saldo en pensiones contributivas supera por primera vez los 200.000 millones de euros. Casi nada.

Al final son los hogares los que sufren la losa de la deuda y el suntuario déficit de este gobierno. A principios de este 2026 las familias españolas acumulaban una deuda superior a los 800.000 millones de euros. La vivienda es el principal vector de endeudamiento. Los préstamos destinados a la compra de vivienda habitual ya son el 63% de la deuda familiar.  

Según cálculos del propio Banco de España, para comprar un inmueble de tipo medio se requieren en la actualidad nueve años de salarios íntegros, hace diez años eran unos seis y cuando yo hice la mili en 1.986 solo eran necesarios tres años. Es por no perder la perspectiva. Lo más trágico es que el nivel de deuda no aumenta, porque adquirir un piso es algo casi imposible. Lo de alquilar, una auténtica epopeya.

Pero el más brutal y salvaje incremento impositivo de los últimos años no se ha aprobado en ningún Parlamento, sino que ha sido grabado a fuego de la forma más subliminal. El impuesto se llama inflación. Es la progresividad en frío, que consiste en que Hacienda no adapta a la inflación las tarifas fiscales. Pero encima es que ganamos menos, y perdemos año tras año poder adquisitivo. Los datos de la Agencia Tributaria de hace dos años situaban el salario medio anual en 25.000 euros entre los asalariados, mientras que el 75% se encontraba en tramos de ingresos de hasta dos veces el SMI. 

La recaudación fiscal superó los 325.000 millones de euros el año pasado, una cifra realmente espectacular, más de un 10% de incremento en relación con el año anterior. El gobierno de la gente, el que entre tantas mentiras aseguraba que no subiría impuestos, nos cruje permanentemente a la mayor gloria del progresismo Sanchista. Pero la jugada les está saliendo bien. Intentan despistarnos con la chorrada de que corrupción es apoderarse de la caja, como vulgares asaltadores. ¡Eso es calderilla!. Lo “bueno del jamón” está en sus fundaciones, en sus cientos de asociaciones, en miles de inútiles organismos, repletos de estómagos agradecidos con sueldos desorbitados. El desbarajuste, y su soporte, se centran en estas redes clientelares.

Y lo peor es que tras el día de la “liberación”, tengo razonables dudas de que los que vengan, se resistan a utilizar un estado alterado, politizado e inequívocamente direccionado a prácticas totalitarias y manipuladoras. El coste de este sistema es incrementar el problema de la vivienda, el desorbitado coste de suministros como  electricidad o gasóleos, los bajos salarios, la pérdida de competitividad, la imposibilidad de montar una empresa y generar empleo, la alocada burocracia para entorpecer cualquier crecimiento y un listado de obstáculos que trituran cualquier ilusión.

Pero es la receta globalista. Mientras menos cosas tengas, menos tendrás que preocuparte. Sé feliz, “papá estado” te protege y cuida. ¡Sé feliz!

Luis Nantón Díaz