No me canso de reiterar la terapéutica finalidad de escribir. Los artículos, y los comentarios de los que invierten algo de su tiempo en transmitirme su opinión, dinamizan las abotargadas neuronas. Al mismo tiempo me permite, en ocasiones, rendir tributo a personas que lo merecen, al igual que comentar experiencias valiosas que conozco de primera mano. Utilizo los artículos periodísticos para darles eco: cada uno ayuda y se ayuda como puede. Hoy toca intentar transmitir una experiencia, procurar trasladar una tonificante vivencia de transformación.
Conozco desde hace décadas a Alexis Rodríguez, a Ato para sus innumerables amigos. Una persona especial, no solo con talento, sino con una sincera predisposición para ayudar, para entregarse. Con Bea, la ecuación transformadora alcanza mayor potencia, al incorporarse una mujer de singular sensibilidad. Desde hace años, han creado un entorno muy especial, no solo con su transparente personalidad, con su vocacional experiencia, sino porque se ayudan de caballos. Más bien me atrevería a afirmar que los caballos se sirven de ellos…
Hay lugares y experiencias que resulta difícil describir con palabras. Lugares que se comprenden al entrar, al respirar, al sentir cómo cambia el pulso interno cuando el entorno invita a bajar la guardia. Tierra de Caballos nació desde esa intuición: la de crear un espacio donde las personas puedan volver a mirarse con honestidad, sin exigencia y sin prisa. Un lugar donde el bienestar no sea un objetivo abstracto, sino una experiencia concreta que empieza en el cuerpo.
Vivimos tiempos de velocidad. La cultura del rendimiento se ha colado en casi todo: en la crianza, en las relaciones, en la escuela, en el trabajo. Y, sin embargo, la vida real —la que sucede en cada instante— no responde bien a las órdenes ni a los cronómetros. Hay asuntos que no se solucionan “pensando más”, ni analizando una y otra vez lo mismo. A veces, lo que necesita orden no es una idea, sino un sistema. Lo que necesita alivio no es una explicación, sino regulación. Lo que pide cambio no es una decisión mental, sino un movimiento interno.
En Tierra de Caballos acompañan procesos personales, familiares y de grupo a través de herramientas de desarrollo personal con caballos. Quien no lo ha vivido puede imaginar una actividad bonita en el campo. Y sí, hay belleza. Pero lo esencial está en lo que sucede cuando una persona se encuentra con un animal que no negocia con el discurso, que no se deja convencer por la apariencia y que responde, con precisión silenciosa, a lo que ocurre por debajo de las palabras.
Los caballos leen el lenguaje no verbal de forma natural. Perciben cambios sutiles en la respiración, en la tensión muscular, en la orientación de la mirada, en la intención. Y responden. No porque “sepan”, sino porque su supervivencia depende de su capacidad para detectar coherencia. En ese intercambio se abre una posibilidad extraordinaria: poder ver, de manera clara, lo que en uno está desordenado, dividido o sostenido desde el esfuerzo.
Esta forma de acompañar no sustituye a la medicina ni pretende “curar” en el sentido estricto de la palabra. No es una promesa milagrosa. Es una propuesta complementaria, respetuosa, no invasiva. Un camino de autoconocimiento que se apoya en la experiencia directa. Lo más interesante es que muchas personas llegan buscando soluciones y terminan encontrando algo más valioso: comprensión, recursos, calma, dirección.
Trabajar desde una mirada sistémica significa reconocer que no somos islas. Pertenecemos a familias, equipos, culturas, historias. Cargamos lealtades invisibles, repeticiones, lugares que ocupamos por amor o por supervivencia. A veces actuamos desde roles aprendidos: la que sostiene, el que rescata, la que calla para no incomodar, el que se exige para ser aceptado. Y esos patrones, aunque parezcan “normales”, tienen un coste: cansancio emocional, ansiedad, culpa, sensación de estar lejos de uno mismo.
A menudo la pregunta correcta es el verdadero comienzo. Porque cada persona, aunque no lo crea, siempre tiene las respuestas. La verdad no es algo que se sepa, sino que se realiza. Una experiencia vital interna en la que participan la memoria, el entendimiento y el sentido del yo, aunque en última instancia todos ellos estén totalmente integrados.
Bea y Ato participan activamente en diferentes estudios, siempre abiertos a colaborar con universidades, y centros educativos. En octubre del pasado año se publicaron resultados de un proyecto piloto de investigación en colaboración con la Universidad del Atlántico Medio. Participaron 20 mujeres, 12 de ellas con fibromialgia, en ocho sesiones de coaching equino. Los resultados no hablaban de curación, pero sí de una mejora del bienestar emocional: un paso de parámetros psicológicos clínicos a no clínicos. Este tipo de estudios, con sus límites y su prudencia, son importantes porque aportan rigor y abren conversación: ¿qué lugar pueden ocupar las intervenciones asistidas con caballos como recurso complementario?, ¿Qué factores son los más determinantes: el vínculo, el entorno, la regulación, la sensación de seguridad?
Quizá, en el fondo, este proyecto va de algo sencillo: devolverle dignidad al proceso humano. Recordar que pedir ayuda no es debilidad. Que regularse es una habilidad. Que poner límites también es cuidado. Que el bienestar no es un lujo, sino una base. Y que la vida, cuando se ordena un poco por dentro, se vuelve más vivible por fuera.
Tierra de Caballos no pretende ser un lugar para “arreglar” personas. Las personas no están rotas. A veces están cansadas, desconectadas, sobrecargadas o atrapadas en patrones que ya no les sirven. Acompañar es sostener un marco donde lo esencial pueda emerger. Y, en ese gesto, aparece algo profundamente esperanzador: la posibilidad de volver a casa, la posibilidad de vivir siendo uno mismo.
Luis Nantón Díaz
TIERRA DE CABALLOS
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SIEMPRE APRENDIENDO
Ante todo gracias por tu visita.
Te presento un recopilatorio de los artículos que semanalmente se publican en el CANARIAS 7, y que con auténtica finalidad terapéutica, me permiten soltar algo de lastre y compartir. En cierta medida, de eso se trata al escribir, de un sano impulso por compartir.
La experiencia es fruto directo de las vivencias que has englobado en tu vida, y mientras más dinámico, proactivo y decidido sea tu carácter, mayor es el número de percances, fracasos, éxitos… Los que están siempre en un sofá, suelen equivocarse muy poco…
Y, posiblemente eso sea la experiencia, el superar, o al menos intentarlo, infinidad de inconvenientes y obstáculos, procurando aprender al máximo de cada una de esas vivencias, por eso escribo, y me repito lo de siempre aprendiendo, siempre.
Me encantan los libros, desvelar sus secretos, y sobre todo vivificarlos. Es un verdadero reto alquímico. En su día, la novela de William Goldman “La Princesa Prometida” me desveló una de las primeras señales que han guiado mi camino. La vida es tremendamente injusta, absolutamente tendente al caos, pero es una experiencia única y verdaderamente hermosa. En esa dicotomía puede encontrarse ese óctuple noble sendero que determina la frase de aquel viejo samurái: “No importa la victoria, sino la pureza de la acción”.
Como un moderno y modesto samurái me veo ahora, en este siglo XXI… siempre aprendiendo. Los hombres de empresa, los hombres que intentamos sacar adelante los proyectos de inversión, la creación de empleo, los crecimientos sostenibles, imprimimos cierto carácter guerrero a una cuestión que es mucho más que números. Si además, te obstinas en combinar el sentido común, con principios, voluntad de superación y responsabilidad, ya es un lujo.
Si también logramos inferir carácter, lealtad y sobre todo principios a la actividad económica, es que esa guerra merece la pena. Posiblemente sea un justo combate.
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