Uno de los grandes éxitos de esto que etiquetamos como “progresistas” y ahora se denomina “izquierda caviar”, es su hegemonía en la lucha cultural. No es que sean los únicos que transitan por estos lares, sino que los conservadores, siempre tan a la cola, renuncian a cualquier cosa que se salga del aspecto económico. La monopolización progre de la cultura, provoca que consideren todo lo “cultural” como su “corral”, su finca privada. Por eso se esmeran en señalar, boicotear y cancelar cualquier perspectiva diferente. Su gran mérito es nadar en la intolerancia y además conseguir culpabilizar cualquier alternativa que pretenda tener voz en el debate público.

La izquierda concibe la industria editorial como herramienta de propaganda y se le funden los plomos cuando pierde poder. Son los más eficientes a la hora de enervar los ánimos, de direccionar las frustraciones o de convertir anhelos en odio. Ningún orden del mundo, ninguna configuración de sentimientos, creencias, valores, ningún imaginario colectivo se ha transformado nunca por la sola acción de las masas populares, si éstas no han sido “estimuladas” convenientemente.

Por eso, histórica y socialmente hablando, es difícil tener perspectiva y resulta fundamental salvaguardar cierta objetividad. Es preciso esforzarse por ver el mundo tal cual es, sin prismas deformantes, sin ideas preconcebidas, sin filias ni fobias. Somos hijos de nuestro tiempo, a nosotros nos corresponde entenderlo, percibirlo en su locura y dejarnos seducir. Esa objetividad es la mejor herramienta para situarnos dentro de ese mundo que no guiamos, ni controlamos e insertar en él nuestras pequeñas vidas que sí podemos intentar cambiar y mejorar.

Italia con Meloni al frente es un buen ejemplo de giro cultural a pesar de la escasa maniobrabilidad política que mantiene su gobierno. El equipo de la primera ministro actúa sin complejos, organizando exposiciones que provocan alergia a la izquierda. Entre ellas están el emblemático movimiento futurista italiano o la saga de El Señor de los Anillos. Meloni tiene por costumbre citar a J.R.R. Tolkien como baluarte ante la lucha cultural de la izquierda endiosada. Sus nombramientos ministeriales, desde la RAI hasta la Bienal de Venecia, están marcados por un saludable sesgo antiprogresista. Pretenden mostrar a los italianos la cara oculta de su historia, no olvidemos que Meloni es una veterana activista, que en 1998 fundó el festival Atreju, inspirado en el personaje de “La historia interminable” (1979) de Michael Ende. Una forma de hacer frente  a la marea posmoderna como el protagonista del libro hacía frente a la Nada.

Es necesario un movimiento cultural que provoque la reacción, que impulse la esperanza y se enfrente a esa nada postmoderna. La revolución francesa no hubiera sido factible sin la floreciente burguesía, por mucha insurgencia cultural de la ilustración en el siglo XIX. La revolución rusa de 1919 o la alemana de 1919-33, se produjo gracias al odio -odio de clase, odio racial- capaz de transformarlo en un rodillo que acabara con el sistema establecido. No hubo mucha lucha cultural en la Alemania de Weimar ni en la Rusia zarista que precedió a la revolución rusa. El odio como fuerza transformadora de la sociedad es tan potente como el amor a la familia, a la patria o a los antepasados. Estos han sido siempre los opuestos que generan las fuerzas que construyen el futuro: el odio destruye al “viejo mundo” y el amor construye un “mundo nuevo”. Así es y así será siempre.

La cultura es fundamental. No me refiero a los rudimentos indispensables para desenvolverse en la vida sino de lo que imprime voluntad y carácter. El nuevo totalitarismo pivota sobre la nada, sobre la anestesiante cultura del ocio; pretenden una sociedad absolutamente gris e impersonal. Cuando la igualdad se convierte en dogma, la sociedad se despersonaliza. Los sicarios de la agenda 2030, no permiten  discusión ni excepción y “su igualdad” es el fin último. Éste es su sentido teológico-político: define un bien supremo, identifica herejías y establece una vigilancia moral constante. La sacrosanta igualdad afecta también a cuestiones de índole económica: precarizar los salarios, igualdad patrimonial y de resultados. Si la utopía llegara a término, habríamos logrado el sueño del totalitarismo agendista: esa vida oscura, tranquila y minúscula de los que no tienen nada, y son felices.

Ahora mismo nos enfrentamos a un nuevo episodio del más puro fariseísmo con las desventuras de “Bambi”. La hipocresía de Zapatero, luego heredada por su Sanchidad, es tan característica de estos nuevos progres como la falsedad de sus tesis. En todos sus mítines, antes y ahora, reiteran el casposo mantra de que el ADN socialista es honrado e íntegro, mientras que la derecha es corrupta por propia naturaleza; en esto, como ocurre con todos sus argumentos simplemente hay que recurrir a la historia. A esa historia que permanentemente desean revisar, encauzar y finalmente alterar.  Estos adictos al poder  del rosco multicolor esquilman todos los países que tocan, no gestionan, solo degradan, y siempre nos despistan con melifluos discursos y decretos de todo tipo, sobre las cuestiones más insustanciales. Mientras más marean a la ciudadanía, más crudo se lo llevan. Pero siempre enfatizando que ellos son los únicos que saben de integridad y honradez.

Tenemos que engendrar un espíritu que vea en la diferencia algo bueno, que vea en la desigualdad justicia y en la jerarquía, orden. La vida es una experiencia única y reveladora, como para entregársela sin pelear a los pálidos enemigos de la misma.

Luis Nantón Díaz