De tanto disfrutar de una sociedad del bienestar que está palideciendo desde hace años, ni valoramos las comodidades que disfrutamos. Si hacemos referencia a los grandes pilares que fraguaron estas benévolas circunstancias, nos sale de entrada la libertad. Pero la libertad no se regala, generalmente se conquista. Eso es lo que hicieron, y muy brillantemente, las anteriores generaciones de españoles. 

Pero esto de la libertad es mucho más amplio. La libertad e independencia económica te lo aportan el trabajo y el esfuerzo…al menos generalmente. Si hablamos de libertad de pensamiento, del de verdad, no el de programa político, debemos poder comparar, tener criterio. Y eso te lo aporta la cultura y la educación. Y eso te lo dan la familia, las escuelas y los libros. A partir de ahí sabes que no es lo mismo información que cultura, que no es lo mismo datos, que una versión veraz y contrastada.

Tenemos una vida tan estabulada que, a lo mejor, la única manera de ser libres es romper las cadenas que nos atan a lo rutinario, a lo aceptado, a lo establecido. Es más, no nos engañemos, en estos tiempos de lo políticamente correcto la libertad pasa, necesariamente, por hacerse insoportable a los ojos asustados de los que te rodean. Todos nos sentimos mejor siendo partícipes del cómodo sentir de la mayoría. El personal tiene miedo a disentir, y en muchas ocasiones calla sus reflexiones, si ve que en la mesa no tiene suficientes apoyos. No creo que eso sea ser honestos, por muy cómodo que sea. A lo mejor hay que sacrificar todo intento de uniformidad, prescindir del dogmatismo de los medios, la posición estricta y la aterciopelada textura del pensamiento único. 

La concentración mundial de plataformas de comunicación ha sido propiciada por la globalización y su agenda 2030. Una sola tierra, un solo Rey, un único mensaje. Para la laminación cultural del personal, que requiere su ingeniería social, poderosísimas cadenas como HBO, NETFLIX y más recientemente DISNEY, generan día tras día, multitud de series para consumo televisivo. No es sólo entretenimiento, es adoctrinamiento, porque sutilmente te van inoculando su particular visión del mundo, de la historia, de las relaciones humanas, de lo trascendente…de todo.

Pero al parecer, han pisado demasiado el acelerador, con creaciones donde todo el infumable abanico WOKE, esta terminando por aburrir, por saturar a las audiencias. Por ello las acciones de Netflix perdieron recientemente casi un 40% de su valor tras la apertura de Wall Street, después de que la plataforma de ocio en streaming confirmase la pérdida de 200.000 usuarios de pago durante el primer trimestre de 2022 y anticipase un descenso de otros 2 millones de abonados en el segundo trimestre.

En concreto, antes de cumplirse la primera hora de negociación en el parqué, las acciones de Netflix cotizaban a 217,52 dólares, frente a los 348,61 dólares del cierre de la jornada, lo que supone una bajada aproximada del 37,60% y eleva al 64% la depreciación de sus títulos en lo que va de año, tras abandonar el ejercicio 2021 en 602,44 dólares.

Netflix obtuvo un beneficio neto de 1.597 millones de dólares (1.480 millones de euros) en los tres primeros meses de 2022, lo que representa una caída del 6,4% respecto del resultado contabilizado hace un año. Algo muy parecido esta sufriendo DISNEY, que también sucumbió, a golpe de dólares, a la búsqueda de ese nuevo ciudadano/espectador, sin identidad, ni horizontes propios.

El que la mayor parte de las series sean de una calidad más que discutible, técnica y artísticamente, es algo lógico: se produce demasiado y esa cantidad impide una calidad mínima aceptable. Pero lo que intento transmitir, es que también son productos de sutil adoctrinamiento, en línea con la laminación cultural del pensamiento único. Últimamente las productoras siquiera se toman la molestia de ocultar el mensaje que desean inculcar. Esa singular perspectiva, siempre está en relación directa con algunos de los objetivos propuestos en la Agenda 2030. Es el omnipresente encorsetamiento ideológico: las series ya no pueden solamente entretener, siendo su objetivo prioritario transformar la opinión del espectador, arrancarle de sus concepciones culturales. El pensamiento heredado de nuestra familia, los vectores más tradicionales, deben ser sustituidos por ese anárquico engrudo compuesto por glosa LGBTIQ+, supuesto empoderamiento femenino, rechazo de lo popular, lo negro no sólo importa, sino que va primero, el cambio climático es la nueva religión, no hay más problemas que la transición energética y la resiliencia. 

Los ejemplos son innumerables. Quedan ridículamente patentes en las creaciones “históricas” donde nos encontramos que Ana Bolena era de raza negra, la sociedad medieval era más parecida al tema multiétnico de la guerra de las galaxias, o el renacimiento era una comuna hippy del 68. Lo peor es cuando adaptan grandes series históricas, o joyas de la literatura universal, para unas adaptaciones que son verdaderamente patéticas. El resultado final es pobre, siempre inferior a la creación originaria que se trata de readaptar. Sobra decir que todo eso me parece irrelevante, salvo que no sea ni un distante reflejo de las contrastadas realidades de la época. En centro Europa, y especialmente Francia, realizar una serie policíaca, resulta casi imposible, si no está protagonizada por una “mujer empoderada”. Y si hay alguna serie protagonizada por un varón, estará al servicio de “jefas” ,o bien será un hipocondríaco débil y rebosante de manías… Son las realidades que vende la Agenda 2030, y siempre con esta máxima: devaluar la masculinidad, exaltando una feminidad masculinizada, feminizando lo masculino. 

Me niego a que un puñado de algoritmos definan mi existencia,  que es lo normal o su contrario, renunciando a la posibilidad de saborear la vida, teniendo plena conciencia del camino. El hecho histórico ha mutado, ya no necesita de significación sino de repercusión. Los acontecimientos se han transformado en mero ruido, en vulgar trending topic, en materia de programadores y no de individuos y sus vivencias. Por ello, todos estamos al tanto del último minuto, pero se nos escapa la vida. Quizás tan sólo necesitamos desconectar un poco para pensar, contemplarse, mirar al mundo o experimentar el tiempo. Pues eso, que se vayan a laminar a otra parte….

 

Luis Nantón Díaz