Regresé hace unos días de EL SALVADOR, país que he visitado por primera vez, y que me ha sorprendido positivamente. Es impresionante la transformación operada en esta pequeña y hermosa nación centroamericana. Esta experiencia es una nueva y contrastada prueba de los movimientos pendulares de la historia. Pero ahora los cambios se ejecutan de forma más rápida y vertiginosa, al encontrarnos en un final de ciclo. Quien todavía no se abrocha el cinturón de seguridad, es porque está en otra cosa…

El pasado domingo tuvo lugar la primera vuelta de las elecciones presidenciales en COLOMBIA. El político conservador Abelardo de la Espriella ha ganado la primera vuelta (43% de los votos) y se batirá el próximo 21 de junio frente al izquierdista Cepeda, la herramienta de Gustavo Petro para intentar continuar en su ideologizada poltrona. Comento la reciente experiencia de Colombia, país que visité el año pasado, y donde percibí claramente la fractura que provocan estos “iluminados” del “Grupo de Puebla”.

En marzo visité ARGENTINA, y pese a los excesos libertarios de Milei, no deja de ser un auténtico baño de sentido común. El sentido común es la mejor “ideología”, es el mejor antídoto frente a las locuras globalistas de tanto “adicto del poder”. Los niveles de ilusión, de emprender, las ganas de luchar que percibí en Argentina, las he vuelto a reencontrar en El Salvador. Todo tiene luces y sombras, muchos se quedan por el camino, pero el contraste a mejor resulta tan profundo, tan revelador…que merece la pena.

Y mientras le doy una “pensada” a estas experiencias internacionales, mientras medito en clave de “sentido común” se me aparece compulsivamente la imagen de Zapatero, pontificando con: «Ser socialista es tener muy poco y estar dispuesto a dar mucho». Este tipo está en su papel, como tantos otros que día a día deambulan por rotativos y juzgados, pero, ¿Dónde han dejado su espíritu crítico en España, los que continúan pensando en lawfare y persecución de una mafia judicial?, ¿Qué más datos necesitan para recuperar el tino? Nuestros delincuentes no llevan el rostro tatuado, como en El Salvador, pero no son menos dañinos y peligrosos.

Hay que recordar que, hasta no hace mucho, los dos partidos que se turnaban en el gobierno de El Salvador se habían eternizado en el poder en las últimas cuatro décadas. Vamos, como aquí, que llevan medio siglo repartiéndose el poder y tirando balones fuera. Fue así como El Salvador llegó a sufrir la criminalidad más elevada del globo. Sin seguridad no puede ejercerse ningún otro derecho. Si nadie garantiza la seguridad de que podrás salir a la calle sin que te atraquen o te peguen un tiro, la idea de la libertad es una mera figura literaria.

En el año 2015 alcanzaron su pico de criminalidad, una verdadera aberración: 106 homicidios intencionados por cada 100.000 habitantes. La situación se alteró drásticamente tras el primer año de gobierno del presidente Bukele, la criminalidad descendió exponencialmente y en la actualidad mantiene niveles reducidos y por causas totalmente ajenas a la violenta plaga de las pandillas.

El justificado hartazgo de una población que ya no podía ni respirar, totalmente agobiada por la insoportable y criminal presión de las pandillas, provocó la reacción de Bukele. Las políticas de mano dura del gobierno, frente a mafias como la MS-13 y Barrio 18, han transformado al país centroamericano en un ejemplo inesperado de recuperación en materia de seguridad. Esta verdadera revolución interior, como he tenido oportunidad de comprobar sobre el terreno, comienza a dar sus frutos en forma de mayor inversión doméstica e internacional, desencadenando un importante aumento del producto interior bruto (PIB) que ha sorprendido al FMI, el cual ha tenido que revisar sus previsiones de crecimiento hasta en tres ocasiones.

No hay que olvidar que todos estos cambios han multiplicado la deuda externa, con cifras extremadamente preocupantes, y una inflación que castiga el bolsillo de la mayor parte de la población. Tampoco es desdeñable, el efecto retorno de miles de salvadoreños, que regresan a su país, por la contrastada mejora coyuntural. Tengan en cuenta que hablamos de una población de 8 millones, de los cuales más de 2 están en el exterior. El 24% del PIB de El Salvador corresponde a las remesas que mandan sus expatriados. Han crecido un 4% en 2025, 1,4 puntos más de lo que había previsto el Fondo Monetario Internacional. Este crecimiento se ha visto impulsado por la entrada masiva de inversión extranjera y la mayor inversión nacional.

Hace años, como nos ocurre a nosotros, la ciudadanía perdió la ilusión y se imponía un inmovilismo, un derrotismo progresivo. Ahora abrir una empresa en El Salvador es mucho más seguro. Hace unos años, las tiendas, restaurantes, etc., tenían que lidiar con la extorsión de los pandilleros, una detracción de rentas que impedía rentabilizar miles de negocios en el país. Otro importante vector es la inversión en bitcoin, apuesta que parecía una auténtica locura hace unos años. Ahora es una singular estrategia que es imitada por varios países que buscan crear su propia reserva de la criptomoneda.

El turismo se ha consolidado como uno de los pilares fundamentales de la economía salvadoreña. En 2025, el país recibió más de 4 millones de visitantes (de los que 1,2 millones son estadounidenses), un 17% más que en 2024, y generó más de 3.500 millones de dólares en ingresos, lo que representa entre el 11% y el 12% del Producto Interior Bruto. Muy relacionado con el turismo, la construcción se convirtió en un gran motor de la economía salvadoreña en 2025, con un crecimiento anual del 28% en el tercer trimestre y del 34% en el segundo. 

Deberíamos aprender algo de las reacciones que han surgido en países como El Salvador o Argentina. Frente a situaciones verdaderamente desastrosas optaron por alternativas realmente disruptivas. Pretender solucionar nuestros problemas, con los dos mismos partidos que llevan dominando la política desde hace medio siglo, no resulta muy ilusionante. Tenemos unos cuantos ejemplos en la actualidad, e históricamente muchos más. Si fuéramos capaces de reaccionar nada estaría fuera de nuestro alcance. Tenemos que dar un paso al frente como individuos y como sociedad. No se trata de no tener miedo, se trata de aprender a vivir con él y adoptar una postura valiente, activa y decidida. Es nuestro futuro.

Luis Nantón Díaz